Uno era más técnico, el otro más temperamental, pero a la hora de la verdad seguían el mismo camino; al saltar al campo, solo pensaban en la victoria
09 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Los dos se han pasado buena parte de su vida haciendo regates. Sus trayectorias profesionales los han llevado por las mismas geografías. Y hasta han defendido los mismos colores. Pero sus vidas paralelas nunca se han cruzado en un campo de fútbol. Al menos de momento. «¿Un partido juntos? Pues, no, la verdad es que nunca lo hemos jugado.... Es una cuenta que tenemos pendiente», dice Manuel Fernández Amado con el brillo de la ilusión en los ojos.
Con el firme propósito de dar carpetazo a esa asignatura pendiente, este Van Impe de los campos -como lo apodaban algunos, por ser tan rápido como una bala (al igual que el famoso ciclista belga)- comienza a escarbar en sus recuerdos para narrar su historia de amor con el fútbol. «Empecé como todos los niños de mi época: en la calle... ¡Y con balones de trapo!», cuenta sonriente.
De allí, de las calles de Esteiro, donde se crió, este veterano del balón saltó al Galicia de Caranza, y tres años más tarde, con 17, pasó al Arsenal, filial del Racing. Después el destino -y su destreza con el balón, la pasión que siempre demostraba en el campo- quiso que Fernández Amado militase en las filas del Calvo Sotelo de As Pontes, el Racing de Ferrol, el Celta de Vigo, el Espanyol, el Castellón, y para cerrar el círculo, de nuevo otra vez en el club de su ciudad. En el Racing. «Y fue ahí -prosigue- donde me jubilé de los campos, con 34 años».
Con un padre así, no resulta extraño que su hijo Manel diese sus primeros toques al balón con solo 5 años. ¿También en la calle? «¡Noooo!... Él ya empezó más recogido», advierte Manuel. Y es entonces cuando Manel, a su lado, alza la voz para recomponer la trayectoria de su vida en el fútbol. Comenzó en la escuela Os Amigos de A Malata, y como le ocurrió a su padre, el suyo fue un camino de ida y y vuelta desde Galicia a Levante. Porque Manel jugó también en el Racing y en el Celta; defendió los colores del Elche; y tras dos años oliendo el Mediterráneo, regresó a Galicia. En el Racing lo dio todo durante nueve temporadas y después vio pasar sus últimos años como futbolista en el Cerceda, el Viveiro y el Narón.
Sin embargo, y a pesar de esas simetrías geográficas, la experiencia de padre e hijo en los campos fue muy diferente. A lo largo de su carrera, Fernández Amado no vivió ningún ascenso, mientras que su hijo Manel tuvo la suerte de disfrutar de dos con el Celta, de otro con el Elche, y sobre todo, del que el Racing se anotó en el año 2000 con Arteche. «Aquello fue espectacular, increíble; el estadio se llenó hasta la bandera y la ciudad celebró el triunfo como nunca... Hasta había gente que lloraba de la alegría», recuerda Manel emocionado.
Padre e hijo tampoco siguieron caminos parecidos en su forma de juego. Los admiradores de Manolo dicen que era un jugador muy peleón y temperamental, un gran corredor y un deportista que siempre contagiaba pasión. De Manel, en cambio, destacan su técnica, su calidad en el juego, la facilidad para el gol.
Pero las comparaciones son odiosas. Y ellos lo saben bien. «Más que beneficiarle, yo creo que a Manel le perjudicaron», dice Fernández Amado muy serio. «Puede que fuese así -advierte su hijo-, pero a mí eso nunca me importó, porque para mí era un halago que me comparasen con mi padre».
La conversación prosigue y en las palabras de uno y otro surgen nuevas diferencias. Para Manel, una de sus mejores épocas la vivió en el Racing. Su padre, en cambio, cree aquello de que nadie es profeta en su tierra: «No es que aquí se me rechazase, pero me sentí más querido en Vigo y en Barcelona».
Sin embargo, sí hay algo en lo que los dos coinciden al cien por cien. «Y eso es que a ninguno de los dos nos gusta perder», dice Manel. Son jugadores que siempren luchan por la victoria. Con mentalidad de ganadores.