Niñas pijas, chicos yuppies , una cría saltando a la comba, el alcalde, cuatro colgados buscando cerveza gratis, algún hombre de la Armada, permanentes, un tipo de Cedeira con una mancha en la camisa de cuadros, señoras recién salidas de misa de doce, abrigos de plumas, un clan gitano al completo (chaval de dos años, la mamá precoz, el abuelo con un viejo sombrero de ala...), ediles de espectro variopinto, mucho prejubilado de Bazán, varios sindicalistas, la hija de papá en minifalda, el típico despistado -«¿Y esto cómo va?»-, corbatas, esa vecina del tercero que no se pierde una, el sol... Ayer en la plaza regalaban mejillones. Al presidente de la Asociación de Vendedores de A Magdalena, Manuel Pérez Castrillón, se le ocurrió hace semanas que organizar una degustación gratuita podría insuflarle aire nuevo a un sector que necesita de cosas así, castigado por la tragedia del 13-N. ¿Por qué no? Antes habían montado saraos parecidos en Santiago, Lugo, Pontevedra, Torremolinos, hasta en la autónoma Melilla.Así que se puso a ello. Convenció a los empresarios depuradores de Pontevedra para que donasen 1.300 kilos de moluscos; a Estrella Galicia y Coca Cola para que cediesen cientos de latas; al Concello para que aportase una carpa. Y a la Cámara de Comercio le sacó platos y cubiertos; a un par de bodegueros, el vino; al Instituto de Pontedeume, mano de obra, 21 jóvenes cocineros. De modo que ayer quien se pasó por el toldo instalado a las puertas del mercado pudo comer mejillones cuantos quiso: al vapor, con salsas rosa y alioli, a la vinagreta, en empanada... La gente parecía salir satisfecha.Entretanto, dentro de la plaza se respiraba un ambiente desangelado, de cierta decrepitud, como venido a menos, puro sucedáneo de tiempos mejores. Han cerrado diez puestos, escasea la mercancía, faltan clientes. De las paredes cuelgan carteles de Nunca Máis, de Aznar cegado por el chapapote, del Prestige panza arriba, ya no publicidad de Pesca, ya no pósteres sobre la talla mínima de las pescadillas, ya no recomendaciones al consumidor, ya nada de eso.María del Carmen Iglesias, vendedora de pescado desde 1994, comentaba enojada con un colega la degustación que se estaba celebrando afuera: «Es muy poco oportuno andar haciendo fiestas en plena crisis. Hay días que llego a casa con ganas de llorar. ¡A quién se le ocurre organizar esto!». Su razonamiento lo respaldan una decena de placeros. Una vendedora enojada comentaba a otro colega: «Hay días que llego a casa con ganas de llorar. ¡A quién se le ocurre organizar esto!»