Grandes hitos y estrepitosos fracasasos del crowdfunding

El micromecenazgo a través de Internet ha marcado un antes y un después para los creadores de videojuegos, fabricantes de dispositivos tecnológicos, autores de libros, músicos o cineastas. Gracias a la aportación de dinero de futuros usuarios han conseguido desarrollar productos de gran calidad que nunca hubieran visto la luz y, a la vez, han cambiado para siempre el mercado

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Redacción / La Voz

La financiación en masa es uno de los fenómenos propiciados por la economía colaborativa que día a día se extiende a más sectores gracias a Internet. El micromecenazgo sirve para todo. Es conocido su impacto en causas benéficas y ha permitido notables avances en ciencia y medicina, como cuando se recaudaron 500.000 euros para que el CHUS de Santiago pueda investigar sobre el cáncer con la biopsia líquida, pero donde el crowdfunding ha sido un terremoto es en el mundo de los videojuegos y las nuevas tecnologías.

La financiación en masa ha cambiado estos mercados, tal vez para siempre, al permitir una nueva relación, mucho más directa, entre creadores y consumidores, sin apenas intermediarios. Antes alguien con una buena idea tenía que pelearse con los bancos o los grandes ejecutivos de la industria para poder llevarla a cabo. Ahora tiene una alternativa, exponer su plan en la Red y seducir a los futuros jugadores o usuarios para que sean ellos los que, con micropagos (otra tecnología imprescindible para la economía digital), garanticen los fondos necesarios para convertirlo en viable. A cambio, los inversores tendrán una recompensa. Si es un videojuego, tener acceso a él antes que otros. Si es un producto tecnológico o de otro tipo, asegurarse un precio reducido en el momento de su lanzamiento al mercado.

Gracias a esta fórmula en los últimos años han visto la luz grandes títulos como Shadowrun Returns, Elite: Dangerous, Wasteland 2, Pillars of Eternity o Torment: Tides of Numenera. Estos tres últimos casos son paradigmáticos. Son proyectos de grandes creadores de videojuegos (Brian Fargo, Feargus Urquhart, Josh Sawyer, Chris Avellone), realizados al margen de las líneas marcadas por la gran industria de distribución y que no hubieran sido posibles sin la financiación aportada por los jugadores.

Con Pillars of Eternity la compañía Obsidian quería hacer un juego que evocara los grandes títulos de rol de finales de los 90 como Baldur’s Gate. Necesitaban 1,1 millones de dólares. Y tenían claro que no los podían obtener de las distribuidoras tradicionales. Lanzaron una campaña para conseguir fondos de futuros jugadores el 14 de septiembre del 2012. En 24 horas habían logrado el objetivo. Y acabaron recaudando casi 4 millones aportados por 73.986 patrocinadores. Cuando lanzaron el juego, en el 2015, se convirtió en un bombazo, en uno de los mejores del año. Recibió varios premios. Y abrió la puerta a nuevos proyectos interesantes y rentables.

Pillars of Eternity no hubiera visto la luz sin el crowdfunding. Para recoger fondos, sus desarrolladores recurrieron a una de las principales plataformas de micromecenazgo para proyectos creativos, Kickstarter (www.kickstarter.com). A través de esta web han visto la luz, respaldados por más de 3.000 millones de dólares aportados por trece millones de inversores, más de 120.000 proyectos de diverso tipo.

Muchos son de artistas tan famosos como el músico Neil Young, que buscó en el 2014 financiación para desarrollar un reproductor digital de música de alta calidad llamado Pono Player (www.ponomusic.com). Necesitaba 800.000 dólares. Consiguió casi seis millones y medio.

El éxito de «Star Citizen»

Mucho más dinero ha recaudado el creador de videojuegos Chris Roberts, autor del mítico Wing Commander, y promotor ahora de una superproducción basada en micromecenazgo, Star Citizen. Este juego de combate espacial, aún en desarrollo, combinó la recaudación vía Kickstarter con una formidable campaña en su propia web (www.robertsspaceindustries.com) de venta de objetos y naves para usar en el juego, uno de los más esperados de los últimos años y que promete marcar una era en el ámbito de la simulación espacial. Según los datos de la propia compañía, han logrado recaudar vía crowdfunding y preventas 146.000.000 dólares, lo que llevó a Star Citizen a figurar en el libro Guinness.

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Varios casos de éxito

Pebble es un smartwatch que duró unos años en el mercado gracias a una campaña de micromecenazgo con la que recaudaron más de 10 millones de dólares. La empresa cerró en el 2016. La compró Fitbit.

Ouya fue una consola que funcionaba con el sistema operativo Android. Sus creadores necesitaban 950.000 dólares. Consiguieron 8.500.000. Tuvo fama, pero no fue un gran triunfo, y la compañía fue comprada por Razer.

Elio Motors es una compañía fundada en el año 2009 que buscó financiación para su prototipo de tres ruedas a traves del «crowdfunding». Tienen 65.291 pedidos. Pero aún no han conseguido lanzarlo al mercado.

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Hay muchos tipos de proyectos en Kickstarter, GoFundMe (otro gran portal para obtener financiación en masa), y plataformas alternativas como Indiegogo. No todos tienen que ver con la industria cultural o de entretenimiento digital. También hay películas, libros, juegos de mesa o colmenas de abejas.

Micromecenazgo y «blockchain»

El micromecenazgo está muy vinculado a otro de los grandes fenómenos de la economía digital, la tecnología blockchain (cadenas de bloques), artífice del éxito de monedas virtuales como el bitcoin. Varios proyectos relacionados con esta tecnología, los del ecosistema Ethereum, han logrado grandes cantidades de dinero gracias a la financiación en masa. Uno de ellos es el fondo de inversión descentralizado The DAO, que consiguió captar en tiempo récord más de 140 millones de dólares y se convirtió en la iniciativa de crowdfunding con más éxito de la historia.

...Y los fracasos del micromecenazgo

La financiación en masa es un negocio redondo para los creadores que logran o superan el objetivo marcado. Consiguen los fondos necesarios para sacar adelante el proyecto. Pero también ganan dinero las plataformas de recaudación. La más popular, Kickstarter, se lleva un 5 % del dinero si se alcanza la cifra propuesta. Y la empresa que procesa los pagos (antes Amazon, ahora Stripe) se lleva otra comisión, de entre el 3 y el 5 % y, además, en España, 20 céntimos por cada contribución. ¿Y qué pasa si no se consigue el objetivo? Pues que no cobran nada.

¿Cómo se aporta dinero? Depende de la plataforma, pero en general la forma de contribuir es bastante sencilla, a través de tarjeta de crédito o de sistemas de pago digital como PayPal. En muchos casos no hace falta crear una cuenta en el servicio para participar. Y según como sea el proyecto y la cantidad que se invierta, normalmente se puede escoger una compensación.

El dinero no se retira de la cuenta del donante/inversor hasta que se alcanza el objetivo. Por eso es tan importante fijar un plazo. Si no se llega a conseguir la cantidad en la fecha indicada, la campaña fracasa. Y no se ejecuta el cargo. Otra cuestión espinosa es la propiedad del producto a desarrollar. La aportación no suele otorgar derechos. Los dueños de las ideas/proyectos son los creadores, no los patrocinadores.

Cuando una iniciativa sale adelante y se efectúa el pago, ¿quién garantiza que la empresa promotora respete el plan original? Pues nadie. Al menos no las plataformas de micromecenazgo, que echan balones fuera y responsabilizan, en cualquier caso, a los creadores que buscan fondos.

En el pasado se han producido varios escándalos relacionados con el crowdfunding. Y se cuestiona a las diferentes plataformas por no imponer filtros de calidad.

Uno de los proyectos de micromecenazgo más polémicos de la historia fue una iniciativa lanzada desde Ohio y que buscaba dinero para costear una ensalada de patata. Pedía 10 dólares. Le dieron 55.000. En España copiaron la iniciativa. Y pidieron, en modo reivindicativo, apoyo para financiar la preparación de una tortilla.

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Dos grandes tropiezos

La cantante islandesa intentó conseguir dinero en Kickstarter para financiar nuevas versiones de su app Biophillia. Fue un fracaso. La campaña para lograr 430.000 euros duró 10 días y apenas logró recaudar un 4 % del presupuesto que habían fijado.

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Otro hito negativo lo protagonizó un millonario británico, que lanzó hace años una idea disparatada: crear una isla artificial del tamaño de Manhattan que fuera soberana y se desplazara por los océanos. Buscó financianción en Kicsktarter. Y se hundió.

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