«Me llevo el mejor que haiga»

En pleno debate sobre si la RAE debería aceptar los nuevos términos del lenguaje inclusivo reaparecen en la discusión palabras como «haiga» para recordar que la Academia ha incorporado en ocasiones vocablos populares al diccionario. Otro asunto es que «elle» o «todes» hayan ya enraízado como en su momento lo hizo este otro término.


Todos sabemos lo que es un SUV, la aspiración automovilística entre la clase media. Para nuestros abuelos, el objeto de deseo tenía otro nombre, el haiga, bautizado así a medio camino entre la envidia y el desprecio de quienes no podían permitirse un gran coche, aludiendo a la escasa cultura de quienes sí los conducían: «Me llevo el mejor que haiga», asegura la leyenda que exclamaban con orgullo al entrar en el concesionario. Otros sostienen que surgió de la explicación de un indiano de regreso al terruño cuando le preguntaron por qué había venido sin el gran coche del que presumía: «Me lo traeré cuando aquí haiga gasolina», habría argumentado. El caso es que el uso de esta palabra se hizo tan popular (en La Voz de los años cuarenta y cincuenta se ven anuncios del tipo «vendo haiga Buick» o «excursión a Madrid en autobús haiga») que la RAE decidió aceptar su uso con esta acepción: «Automóvil muy grande y ostentoso, normalmente de origen norteamericano». Un articulista del periódico bromeaba en los sesenta diciendo que había que distinguir entre los haiga y los oiga: en una época en la que para hacerse con un Seiscientos había que esperar varios meses, señal incluída, no era raro escuchar en la calle:: «Oiga, ¿donde lo consiguió?».

En nuestro archivo hemerográfico nos encontramos claros ejemplos de la evolución del término haiga. Quizás el punto de inflexión hacia su uso actual esté en la publicación por entregas de Currito de la Cruz, de Pérez Lugín, a finales de los años veinte en el periódico. El protagonista, un joven torero, tiene como una de sus características el mal uso del lenguaje. En la página histórica que reproducimos con esta crónica, el personaje exclama: «Que Dios le haiga perdonao». Solo unas líneas más arriba se insertaba un gran anuncio de un Chevrolet, el camino hacia la conversión del automóvil como objeto de deseo, envidias y estátus había comenzado. En una crónica de finales de los cuarenta, un corresponsal de La Voz en EE.UU. relataba que la aspiración del americano medio era «una Frigdaire (marca de nevera), una Párker Torpedo y un haiga». En España, las penurias de la posguerra y de la emigración marcaron otro contexto para aquellos grandes coches, muy asociados al estraperlo, a señores de bigotillo y toreros que vinieron tras Currito de la Cruz. Ya se lo contaba al entonces joven periodista Vicente Leirachá un retornado de América: «El cochazo que traen en verano es el traje que se pone el paisano el día de la fiesta del pueblo».

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