Boxeo, el territorio de la adrenalina

La pasión por los deportes de lucha atraviesa días de vino y rosas. El más antiguo de todos, el boxeo, tantas veces incomprendido, despierta cada vez más adhesiones incondicionales. Resulta fácil entender por qué.

Boxeo, el territorio de la adrenalina Acudimos una mañana de enero a las flamantes instalaciones de Fight Factory en A Coruña, el último sueño de los hermanos Planas

Desde la distancia, pudiera parecer el boxeo un ejercicio inverosímil de coraje y furia. De cólera y rencor. Nada más lejos de la realidad. Apenas 60 minutos de práctica revelan que el buen púgil, aquel que ha descubierto la auténtica esencia del deporte, es una suerte de robot travestido de carne y hueso. Una mente cartesiana y preclara en el chasis de un guerrero espartano. Por extraño que parezca, seguramente fue Mike Tyson, un boxeador que no pasará a la historia por la lucidez de sus reflexiones intelectuales, quien mejor enunció la contradicción que define esta disciplina: «Este no es un mundo de hombres duros; es un mundo de hombres inteligentes».

Acudimos una mañana de enero a las flamantes instalaciones en A Coruña de Fight Factory, un espectacular club de lucha que está a punto de abrir sus puertas promovido por Move Servicios y Axiña. El proyecto es algo así como la consumación del sueño vital de los hermanos Planas, una saga sin la cual sería complicado explicar la historia contemporánea de los deportes de lucha en Galicia. El recinto, pionero en España, está llamado a convertirse en un templo en el que convivirán boxeo, kick boxing, full contact, MMA, defensa personal, capoeira, taekuondo... A mayores de una sala de fitness, otra de cross training, una tienda.

Allí nos recibe Chano Planas, manager y promotor de boxeo, quien se encargará de introducir al periodista en uno de los deportes más antiguos de cuantos se han documentado. No en vano, su origen data alrededor del año 6.000 antes de Cristo. Planas ha diseñado una hoja de ruta básica, aquella que al iniciarse recorrieron los cientos de deportistas que han pasado por sus manos en décadas de trabajo, algunos de ellos, los menos, profesionales, otros, la mayoría, ciudadanos anónimos de toda condición y género que, un buen día, se quedaron prendados de la magia de los guantes.

Tras el calentamiento, conoces cuál es tu guardia, cómo lanzar un golpe, cómo desplazarte sobre el ring o esquivar, dónde fijar la vista... Pero descubres, sobre todo, un término que será crucial para entender el deporte: equilibrio. El físico y mental. Porque el boxeo es, por encima de muchas cosas, un ejercicio inagotable de equilibrio, de control del cuerpo, dominio de la técnica y sangre fría.

Planas se desenvuelve con paciencia con el novato precisamente para desterrar de su cabeza esa idea preconcebida de que el boxeo se reduce solo a golpear. Durante 45 minutos, corrige la guardia de su alumno, enseña cómo rotar la cadera y los pies para aprovechar la biomecánica del ataque y amplificar su fuerza, enseña a esquivar al contrario y mover los pies... Subimos incluso al ring armado con los guantes para sentir la fascinante (e inocente) sensación de creerse boxeador. Una lección magistral más entretenida que extenuante.

Porque el promotor sabe lo que hace y guarda para el final la lección definitiva. Esa que abrirá los ojos del que suscribe. Ordena un round de tres minutos contra un saco para cerrar la sesión. ¿Solo tres minutos? Pan comido. Serán sin embargo 180 segundos golpeando a discreción, intentando seguir las directrices del entrenador: «Serie de tres golpes, ahora cuatro, esquiva, rota, ahora ocho seguidos, agáchate, mantén la guardia, levanta la vista...»

Cada orden lamina la anterior. En un minuto el corazón late a 160 pulsaciones intentando bombear oxígeno a unos músculos saturados y a un cerebro nublado. Todo lo aprendido en los minutos precedentes ha saltado por los aires: la guardia se descuida, los pies apenas flotan, la mirada camina perdida. Y eso que el saco no devuelve los golpes. Es el tributo que paga el novato. El sufrimiento final ha sido tan divertido como revelador. Ilustrativo del trabajo que hay detrás de un boxeador. Ciertamente adictivo por la adrenalina liberada y la energía desplegada.

En el asalto de tres minutos contra el saco salta por los aires lo aprendido la hora antes; es el tributo que paga el novato

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