«Nos están robando el pasado»

La II Guerra de Irak aceleró el expolio de yacimientos para alimentar un mercado ilegal que llega a Reino Unido, Suiza y a algunos países de oriente medio. El Estado islámico es otro de los grandes beneficiarios

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Una foto de satélite recogida en un informe sobre la destrucción de ciudades en el territorio que abarcaba la antigua Mesopotamia, elaborado por la Advancing Science, Serving Society, muestra la ciudad de Mari, al oeste del Eufrates, en la provincia de Der-Ez-Zur. Parece un queso de gruyer. A vista de pájaro se observa como decenas de agujeros salpican el yacimiento. Una imagen anterior, del 2011, corrobora que esas punzadas se han producido en los últimos años. Son las marcas de los expoliadores que nutren los mercados clandestinos de Reino Unido, Suiza y Oriente Medio. Algunos  son excavados con pico y pala. Otros son hechos con maquinaria que causa un nivel de destrozos tal que ya no podrán repararse nunca. Ese comercio de antigüedades resulta una de las principales fuentes de financiación, junto al petróleo, del Estado Islámico que tomó el lugar en junio del 2014. 

Pero los partidarios de ese grupo yihadista no son los únicos cazadores de tesoros que esquilman los yacimientos para surtir a las mafias. Desde otros grupos rebeldes que actúan en la zona a lugareños que arriesgan su vida para robar piezas por las que únicamente obtienen un puñado de dólares con los que comprar alimentos. Todos tratan de coger un trozo del pastel. «No hay que olvidar que hay peticiones por encargo», explica el arqueólogo Juan Luis Montero Fenollós, de la UDC. Lo peor es que sospecha que los tentáculos de ese mercado negro han captado a colegas expertos en Mesopotamia. Lo fundamenta en el hecho de que todo «lo que roban debe catalogarse para darle un valor en el mercado negro porque no es lo mismo un texto cuneiforme administrativo del II milenio a. C. que uno literario que reproduzca una parte del Poema de Gilgamesh, por ejemplo. El número de personas que pueden interpretar textos de esa época es contado. Algún experto tiene que hacerlo», dice. 

Fuera ya del valor económico que puedan alcanzar esos tesoros o más allá de la mediática destrucción de estructuras arquitectónicas a las que no pueden sacar partido económico, el gran desastre es la eliminación de las pruebas con las que los arqueólogos tratan de reconstruir la historia porque un «objeto descontextualizado, aunque logre recuperarse, no aporta nada a la hora de conocer hasta dónde llegó o no un determinado pueblo, por ejemplo. Nos están robando el pasado». Interpol tiene un registro con algunas de las obras desaparecidas. Son una pequeña parte.

¿Por qué tienen tanto interés las obras de la cultura mesopotámica? Porque es tanto, o más relevante que la egipcia. El Poema de Gilgamesh, el texto épico más antiguo del mundo; la invención del concepto de ciudad, del derecho, la astronomía, las matemáticas o del primer alfabeto son algunas de las grandes aportaciones. Todo eso unido a las referencias a lugares de la zona que aparecen en los textos bíblicos (Ur era la patria de Abraham) las hacen muy atractivas. Junto a todo el descontrol que hubo en la zona durante la época colonial, todos los conflictos que han ido afectando a todo ese territorio desde la caída del Imperio Otomano han alimentado ese expolio. Un hecho acelerado o agravado desde el 2011 con el uso por parte del EI de la destrucción de todo lo que no puede comercializar como arma para provocar.

Proteger ese vasto patrimonio no es una tarea exenta de esfuerzo, un celo que puede llegar a pagarse con la vida.  Jaled Al Asad,  ex director de Antigüedades del Museo de Palmira, dio la suya para proteger las obras que los expertos locales lograron esconder antes de la toma de la urbe. Por eso, el experto de la UDC pide colaboración con los expertos locales «porque son los que están protegiendo lo que hay allí». Y pide «una mayor implicación de la Unesco que, en este caso concreto, ha llegado tarde. Habría que obligar a respetar las leyes recogidas en el Convenio de La Haya para proteger bienes culturales en caso de un conflicto armado». Pero además reclama su actualización: «Fueron ideadas después de la II Guerra Mundial, en la década de los 50, y aunque fueron reformadas en los años 90 no se adaptan a los conflictos que hay actualmente». La fórmula para frenar el expolio: Acabar con las mafias. 

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