Diez años del accidente de Botsuana y del comienzo del declive de Juan Carlos I

Carlos Pérez Gil MADRID / EFE

ESPAÑA

La famosa imagen del rey, tras abatir un elefante en Botsuana.
La famosa imagen del rey, tras abatir un elefante en Botsuana.

Mientras el país sufría la crisis económica más grave de la democracia, el entonces jefe del Estado estaba de cacería con Corinna Larsen

13 abr 2022 . Actualizado a las 11:08 h.

Con el país envuelto en la crisis económica más grave de la democracia, España amaneció el 13 de abril del 2012 con la noticia de que el rey Juan Carlos volaba de emergencia desde Botsuana tras fracturarse la cadera durante su estancia en el país africano, adonde había viajado para participar en una cacería junto a su amiga íntima Corinna Larsen.

Una década después, Juan Carlos ya no está en el trono, ha abandonado la vida pública, no tiene asignación económica del Estado, Felipe VI ha renunciado a su herencia y, desde agosto del 2020, vive en Emiratos Árabes Unidos tras su marcha de España por la polémica por sus negocios en el extranjero, cuya investigación ha archivado la Fiscalía.

El viaje a Botsuana supuso un antes y un después en la trayectoria del monarca, como reconoció la Casa del Rey, y precipitó el final de un reinado que se extendió hasta junio del 2014, cuando le relevó su hijo ante el desgaste generado en la Corona por su padre, aderezado por la implicación de la infanta Cristina e Iñaki Urdangarin en el caso Nóos.

La caída tuvo lugar tras la cacería en la residencia y en plena madrugada. El padre de Felipe VI tropezó con un escalón, se golpeó con el suelo y se rompió la cadera derecha por tres zonas. Juan Carlos I fue repatriado a Madrid con urgencia en el mismo avión privado en el que se desplazó al país africano junto al médico de la Casa del Rey para ser operado en la jornada siguiente.

Sabedor de la conmoción que el caso iba a suscitar en España, después de cuatro días ingresado en la clínica, Juan Carlos, que en entonces tenía 74 años, protagonizó un momento histórico en la Corona. El jefe de la Casa del Rey, Rafael Spottorno, y su responsable de prensa, Javier Ayuso, decidieron reaccionar con celeridad para aplacar el enfado político y social. Idearon que Juan Carlos trasladara un mensaje ante algunos periodistas al salir de la habitación tras recibir el alta. «Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir«, fueron las once palabras de disculpa que el jefe de Estado, apoyado en dos muletas y con rictus serio, pronunció en su propósito de enmienda, inédito en un monarca español.

La escritora francesa Laurence Debray, autora de un libro biográfico de Juan Carlos I con testimonios de su estancia en Abu Dabi, opina que lo de Botsuana «encarna el divorcio entre el país y su rey, que pasó de héroe a villano».

Además, el percance hizo aflorar la figura de Corinna Larsen y la relación íntima entre ambos. Juan Carlos había viajado Botsuana después de asistir la víspera a la misa de Resurrección en Palma con la reina Sofía, los príncipes, sus hijas y la infanta Elena.

Diez años después, Corinna mantiene en un tribunal de Londres una demanda contra el rey emérito, por acoso, seguimiento ilegal y difamación.

El entonces rey Juan Carlos I saluda a Corinna zu Sayn-Wittgenstein en Barcelona, en una imagen del 2006.

La Justicia británica examinará cinco años de acoso a Corinna tras negarse a devolver 65 millones al emérito

Mateo Balín

El Tribunal Superior de Inglaterra y Gales, que ha admitido a trámite la demanda de Corinna Larsen contra Juan Carlos de Borbón, revisará el grueso de los hechos contenidos en su escrito relativos a una presunta campaña de acoso «exhaustivo» sufrida por la empresaria germano-danesa entre el 2015 y el 2020. Este lapso es el que ha acotado el juez Matthew Nicklin para resolver esta disputa «privada» y sentenciar si cabe una reparación millonaria por daños y perjuicios.

En su resolución de 27 páginas conocida el pasado jueves, el magistrado deja fuera de la demanda todos los episodios anteriores a la abdicación del rey emérito, en junio del 2014, al estimar que mientras era monarca no gozaba de inmunidad para sus actos privados pero sí estaba blindado por la inviolabilidad que le otorgaba la Constitución española y los convenios internacionales. Sin embargo, Nicklin resuelve que tras renunciar al trono no arrastró ese blindaje como «soberano» y miembro de la Casa Real española, como él defendía.

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