«Nos dispararon los Mossos y la policía»

Laura García del Valle
laura g. del valle REDACCIÓN / LA VOZ

ESPAÑA

JON NAZCA | Reuters

Gallegas asistentes a un congreso médico en Barcelona, víctimas de «una batalla campal sin fin»

19 oct 2019 . Actualizado a las 17:52 h.

«Nos han disparado unos Mossos». Así empezaba la nota de voz que la coruñesa Ana Gómez envió a sus amigas la noche del viernes cuando, por fin, estuvo a salvo. Como Barcelona intenta seguir girando, el fin de semana esta médico de 27 años que trabaja en el Hospital Álvaro Cunqueiro (Vigo) debía acudir a un congreso de gastroenterología. Pudo asistir. Pero tras sufrir unos incidentes que jamás habría esperado vivir en ninguna ciudad, pero menos en la capital catalana.

Frases como «¡qué barbaridad!» o «esto es una batalla campal sin fin» se intercalan mientras relata las angustiosas horas que vivió en la que fue la quinta jornada de disturbios. Había quedado con unos amigos, también gallegos, por la zona en la que vive uno de ellos, vía Laietana (precisamente donde el viernes por la tarde un manifestante golpeaba a un cámara de TVE). Este fue, según comenta, el error que desencadenó los peligrosos momentos que vivieron posteriormente en el Arco del Triunfo, donde decidieron parar a cenar y zona a la que se habían trasladado las barricadas. «Cuando intentamos salir del restaurante en el que estábamos, los trabajadores nos dijeron que mejor nos quedáramos dentro en cuarentena, porque no era seguro estar en la calle», explica la joven coruñesa. Casualmente, justo mientras esperaba a que amainase la situación, recibía un mensaje de su madre, que le pedía que tuviese cuidado. «Cuando por fin nos fuimos y empezamos a caminar entre las hogueras y las calles cortadas, unos policías que estaban medio escondidos en una esquina nos dispararon pelotas de goma. Entonces un amigo dijo que si poníamos las manos en alto no iba a pasar nada, y eso fue lo que hicimos», relata.

El enorme susto fue lo único que tuvieron que lamentar, pero el peregrinaje de vuelta a casa (Ana había decidido dormir con un amigo porque le resultaba imposible regresar al hotel) se convirtió en otra odisea. «Todas las bocas de metro estaban cerradas y todas las vías principales tenían un cordón policial; era una locura, así que fuimos a hablar con un policía a ver si nos dejaba pasar para poder avanzar, y nos dijo que solo si nos registraba». Todo lo que encontró fue un fonendo en una de las mochilas de los miembros del grupo. El chico, claro, era médico. Finalmente Ana cuenta que logró encontrar una boca de metro abierta y que ahí terminó el calvario. Este sábado asistió al congreso.