Marchena planta sus puñetas sobre la mesa

Su exquisito trato a los acusados y su actitud inflexible con testigos, defensas y acusaciones han despejado las dudas iniciales sobre su imparcialidad en el juicio del 1 de octubre

Marchena, en el centro, presidiendo una de las sesiones del juicio del 1-O
Marchena, en el centro, presidiendo una de las sesiones del juicio del 1-O

Redacción / La Voz

Me lo contó, en una noche de confidencias en Pontevedra, el exdirector de un gran diario nacional: «El problema de las redacciones es que ya no se puede mandar. Tú estás en una reunión dando órdenes y hay un tío con el móvil debajo de la mesa tuiteándolo todo». Más allá de los templos religiosos, donde los sacerdotes aún disfrutan del aura milenaria del poder, ya nadie manda nada. Salvo en otros dos lugares donde la autoridad todavía es indiscutible: una sala de vistas y un quirófano. En esos dos espacios se obedece al juez y al cirujano con un respeto reverencial. Lo explicó con más rotundidad Pep Guardiola al referirse al poderío de su archienemigo José Mourinho en las ruedas de prensa: «Aquí es el puto amo».

Lo mismo podemos afirmar de Manuel Marchena en la presidencia de la Sala Segunda del Tribunal Supremo. Allí dentro es Dios hecho carne y nadie osa rechistarle. Porque, desde el minuto uno del juicio del 1 de octubre, el magistrado ha plantado sus puñetas -«encaje o vuelillo de algunos puños», según la Real Academia Española- encima de la mesa.

BIOGRAFÍA

Una trayectoria fulgurante. Manuel Marchena (Las Palmas de Gran Canaria, 1959) es magistrado del Supremo desde el 2007 y, desde noviembre del 2014, preside la Sala Segunda, la de lo Penal, la más importante de las cinco que componen el tribunal. Su elección para este puesto no estuvo exenta de polémica, ya que el sector de los jueces progresistas prefería al candidato Miguel Colmenero. Le pasaban así factura por su decisivo papel -primero como fiscal y luego como magistrado- en el proceso que llevó a la expulsión de la carrera al juez estrella Baltasar Garzón

TENDENCIAS

Conservador, pero al margen de las asociaciones judiciales. En la judicatura está etiquetado como juez conservador -y todavía se recuerda su enfrentamiento con Cándido Conde-Pumpido cuando ambos aspiraban a presidir la sala penal del Supremo-, pero Marchena no pertenece a ninguna asociación profesional.

EL WASAP DE COSIDÓ

«Controlando la Sala Segunda desde detrás». Un gambazo histórico del entonces portavoz del PP en el Senado, Ignacio Cosidó, estuvo a punto de hacer descarrilar la carrera judicial de Marchena. En un mensaje enviado el pasado noviembre al grupo de WhatsApp de los populares de la Cámara Alta, Cosidó presumía del acuerdo logrado entre su partido y el PSOE para renovar los cargos del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). El pacto establecía que Manuel Marchena pasaría a presidir el Supremo y el CGPJ, una maniobra que el portavoz del PP consideraba «excepcional» porque les permitiría, según sus propias palabras, seguir «controlando la Sala Segunda desde detrás». 

RENUNCIA COMO CANDIDATO

El magistrado se queda al frente de la sala penal. Nada más conocer el wasap de Cosidó, el magistrado emitió un comunicado en el que anunciaba que renunciaba a su candidatura a presidir el Tribunal Supremo y el Consejo General del Poder Judicial. «Jamás he concebido el ejercicio de la función jurisdiccional como un instrumento al servicio de una u otra opción política para controlar el desenlace de un proceso penal», sentenció. Con su renuncia, Marchena decidía seguir al frente de la Sala Segunda, la encargada del juicio a los líderes secesionistas por los sucesos del otoño del 2017.

RECUSACIÓN

Las defensas de los acusados intentaron, en vano, apartarlo del caso. Las defensas de los encausados por el 1-O aprovecharon el wasap de Cosidó para poner en duda su imparcialidad y recusar al magistrado. Sin embargo, el Supremo rechazó por unanimidad separar a Marchena del juicio. 

UN PRESIDENTE GARANTISTA

Trato exquisito a los acusados. Si algo ha quedado claro durante estas 38 sesiones de la vista oral -que mañana se reanudan- es que el presidente de la sala se ha preocupado por ofrecer todas las garantías jurídicas y un trato exquisito a los acusados. Sabe que la baza final de las defensas está en el recurso al Tribunal Europeo de Derechos Humanos y no quiere que Estrasburgo tumbe la sentencia dictada por el Supremo. Los encausados son los únicos que, hasta la fecha, se han librado de las reprimendas del magistrado. 

 EL LÁTIGO DE VOX

La sala no está para hacer campaña. Marchena ha marcado de cerca a los representantes legales de la acusación popular planteada por el partido ultraderechista Vox. El secretario general de la formación, Javier Ortega Smith, se encarga personalmente de efectuar los interrogatorios. Pero el presidente de la sala le dejó claro desde el inicio que el tribunal no estaba dispuesto a que Vox aprovechase su presencia mediática para hacer campaña electoral. También fue muy sonada su intervención el 13 de marzo. Ese día comparecía el exmayor de los Mossos, Josep Lluís Trapero, convocado por Vox. Pero los letrados de la acusación popular dejaban escapar con vida a Trapero, mientras la Fiscalía y la Abogacía del Estado se hacían cruces porque no podían preguntar por nada que no hubiese planteado antes Vox al testigo. Faltaba la cuestión clave. Y Marchena, haciendo por primera vez uso de esta prerrogativa, tuvo que bajar a la arena del interrogatorio e indagar sobre el encuentro, el 28 de septiembre del 2017, entre los altos mandos de los Mossos y Puigdemont y Forn

-¿Qué recuerdo tiene de aquella reunión?

-Les dijimos que iba a haber dos millones de personas en la calle y que eso iba a causar conflictos graves de orden público.

SILENCIO EN LA SALA

Bronca al público. Ni siquiera el público se ha zafado de las broncas de Marchena. En una sesión, cuando se escucharon algunas carcajadas, el magistrado cortó por lo sano: «Si vuelven a insistir en la risa como una de las respuestas, van a ser desalojados». 

FISCALES Y DEFENSORES

Nadie se libra de las reprimendas. El presidente de la sala no se ha cortado al repartir estopa entre todas las partes. Han recibido lo suyo tanto los fiscales como la abogada del Estado. También los defensores, especialmente Jordi Pina y Andreu Van den Eynde. A este último, ante su actitud dubitativa, llegó a espetarle: «¿Qué está pensando? ¿Las preguntas que va a hacer? Eso hay que traerlo pensado de casa, pero bueno». Más duro fue con Pina durante el interrogatorio al coronel Pérez de los Cobos. Ante la insistencia del defensor en seguir en el uso de la palabra, Marchena tuvo que recordarle quién mandaba en la sala: 

-Yo le puedo interrumpir a usted, pero usted a mí no.

DUREZA CON LOS TESTIGOS

Lecciones, las justas. Algunos testigos también han sufrido su mano de hierro. Le sucedió, entre otros, al catedrático Enoch Albertí, autor de El Libro blanco de la transición nacional, que se puso a divagar sobre el derecho a la autodeterminación. Y en esto llegó Marchena y mandó callar:

-No podemos permitir que el juicio se convierta en una lección de un constitucionalista a los magistrados del Tribunal Supremo, eso es un insulto al tribunal.

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