La prueba del algodón


Los políticos están para servir, no para servirse. Es una máxima sencilla, incluso en ciertos contextos, simplista y demagógica, pero no por ello menos cierta. Y, sobre todo, es significativa de la imagen que se ha instalado en la sociedad sobre la actividad política y el hastío ciudadano con ciertos comportamientos. Esa percepción ha minado la credibilidad y la confianza en los políticos, y ha abierto la puerta a la emergencia de populismos que, como el bálsamo de Fierabrás, prometen la solución a todos nuestros males solo con desearlo. Como si con querer bastara para poder. La indignación es tal que cualquier atisbo de esperanza se compra con ilusión máxima. Aunque después llegue la frustración y ya no sea posible dar marcha atrás. Pero esa es otra historia, aunque es la historia que hay que evitar.

Y para evitarla nada mejor que recuperar la esencia de la política como servicio. Empezando por expulsar de ella, sin contemplaciones, a quienes la han utilizado en su beneficio. Ya no sirve la excusa de la presunción de inocencia ni el parapeto del caso aislado. Porque ya hace tiempo que la sucesión de casos de corrupción ha metastizado hasta convertirse en un problema que solo puede ser superado extirpando el tumor y todo el tejido dañado. La regeneración de los partidos, y muy especialmente del PP -el más gangrenado y el que menos ha hecho por limpiarse-, es condición indispensable para que la política vuelva a ser lo que nunca debió dejar de ser: una herramienta para solucionar los problemas de la sociedad y no un problema en sí misma para los ciudadanos.

Vamos a unas nuevas elecciones, las segundas en menos de medio año. Y no puede ser que volvamos a ellas con Rita Barberá aforada. Es la prueba del algodón para medir las verdaderas intenciones de Rajoy en materia anticorrupción. Porque no hay excusa para que el PP la mantenga en la Diputación Permanente del Senado. No supondría reconocer nada ni mermaría sus derechos. Pero lo contrario sería sustraerla deliberadamente a la acción de la Justicia por intereses electorales. Ya no se puede invitar a nadie sin tener la casa limpia. Si no barre a fondo y deja fuera del Senado a Barberá, Rajoy tendrá tantas posibilidades de pacto después del 26J como ahora: ninguna. Y no podrá culpar a nadie, porque él sería el único responsable.

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