Fue un día de tahúres y fuleros. Hay que reconocer que la jugada de Rajoy es brillante. Pero al precio de poner en un brete a la más alta institución del Estado y prolongar la incertidumbre política. Justamente aquellos valores que utiliza un día sí y otro también para justificar la gran coalición que demanda y que emplea de ariete contra quienes se oponen a ella. El líder del PP no pierde nada, porque no tenía opción alguna de ser investido, y, en cambio, traslada la presión sobre Pedro Sánchez, quien ahora se verá apremiado a negociar con Pablo Iglesias al borde del abismo. El socialista esperaba ver pasar el cadáver político de Rajoy antes de ponerse en movimiento y, en cambio, será ahora su oponente quien aguarde sentado a que circule el suyo. Porque Sánchez deberá encarar a porta gayola el miura del comité federal con el dardo envenenado que le lanzó el líder de Podemos, que algunos en el PSOE ven humillante.
Con su maniobra, Rajoy ha incurrido en lo mismo que ha atribuido hasta ahora a Sánchez: sacrificar los intereses generales a los suyos personales por el poder. Ayer tenía la misma insuficiencia de apoyos que hace un mes, y sin embargo hasta la víspera de ir a la Zarzuela insistía en ser candidato. No solo no ha hecho ningún intento negociador en este tiempo, sino que ha impedido que otros lo hagan. Nos ha hecho perder un mes y con su engaño ha dejado en mal lugar al rey. Una falta de respeto.
Y como a menudo los extremos se tocan, emuló el funambulismo de Pablo Iglesias, quien se parece a lo que critica mucho más de lo que jamás admitiría. Empezando por su reiteración en decir lo contrario de lo que hace o piensa. No solo porque ahora propone lo contrario de lo que proponía hace un año, o porque ahora quiera una vicepresidencia que negaba hace poco, o porque empiece a hablar de sillones antes que de cualquier otra cosa. No. Su cínica oferta de pacto es en realidad un intento de dinamitarlo. Porque cuando de verdad se quiere negociar no se pone al otro a los pies de los caballos, como hizo con Sánchez.
Con su mesianismo y su soberbia, Pablo Iglesias dio ayer la mejor demostración de lo que no se debe hacer. Porque no era el momento, tras hablar con el rey y antes de que este concluyera la ronda de reuniones. Ni eran las formas, haciendo pública una propuesta de ese calado antes de hablarla siquiera con los interesados. Ni era el contenido apropiado, porque hay que concretar diagnósticos, medidas y soluciones antes de hablar de sillones o de ministerios tan ocurrentes como el de plurinacionalidad, que obedece más a las componendas internas de su coalición que a las necesidades del país. Ni, desde luego, era el estilo adecuado, por su desprecio a una periodista que se limitaba a hacer su trabajo y a la que despachó con un comentario de profunda raigambre machista. La misma falta de respeto con la que trató a quien se supone que quiere hacer jefe del Gobierno («me tendrá que agradecerlo»). Ni siquiera la estética, arropado por los ministros de un inexistente Gobierno, propia de regímenes populistas en las antípodas de lo que es España.
Lo dicho: entre tahúres y fuleros anda el juego.