El país que quería decidir

El apoyo a una eventual consulta sobre la independencia se ha filtrado ya a todos los sectores sociales más allá de su posición favorable o no a seguir en España


barcelona / enviado especial

Resulta extraño circular por Barcelona y encontrar una calle sin banderas catalanas. No cuelgan de las farolas ni de los mástiles oficiales, sino de ventanas y balcones. Están en pequeñas calles y grandes avenidas, en Gracia y en la Barceloneta. A la capital de Cataluña le ha salido un sarpullido con los colores de la senyera del que una parte se alegra y la otra no sabe cómo afrontar. En poco menos de dos años, la cuestión independentista se ha inflado en Cataluña como un suflé que tiene pocas trazas de atemperarse.

Antes de que acabe el año, el Gobierno catalán que preside Artur Mas presentará una fecha y una pregunta para convocar una consulta que, pese a su ilegalidad, goza ya de un apoyo muy mayoritario en Cataluña y que algunos estudios sitúan por encima del 80 %. Más allá de las posturas favorables o contrarias a la secesión, el apoyo a la consulta es indudable; el «derecho a decidir» ha calado de tal manera, que pocos lo ponen en duda.

¿Cómo se justifica este rápido salto cualitativo en las aspiraciones soberanistas de Cataluña? Los analistas consideran que a la sólida base independentista ya existente se ha incorporado un aluvión de ciudadanos con menor conciencia nacional pero muy afectados por la crisis económica. Gente que ha perdido el empleo o ha visto como los recortes han deteriorado sustancialmente su calidad de vida. Parte de esa indignación se ha dejado seducir por el argumento de que las cosas no serían tan graves si Cataluña no tuviera que contribuir económicamente de forma exagerada con resto del Estado y que la independencia es el camino hacia una calidad de vida mayor.

Al margen de la verosimilitud de los argumentos, el hecho es que una parte de la población cree que Cataluña da mucho más de lo que recibe y reclama, cuando menos, la posibilidad de expresarse en las urnas: «La democracia no hace daño a nadie», se escucha con frecuencia. Incluso entre quienes se declaran abiertamente contrarios a la secesión: «Me gustaría votar que no», me respondieron no pocos catalanes esta semana. Esta combinación de descontento económico y fuerte sentimiento identitario forma la masa que apoya el proceso soberanista y que, en los últimos dos años se ha visto alimentada por los desencuentros con Madrid, que caen como bombas entre los catalanes. Pequeños o grandes asuntos que van de cuestiones de protocolo a la ley Wert, funcionan como levadura en el suflé.

Debate sereno

El debate, que está todos los días en los periódicos, sigue siendo entre la sociedad catalana más o menos sereno. No hay relevantes problemas de convivencia, en cierto modo porque el primer paso, la consulta popular, tiene muy pocos detractores. Sobre lo que pudiera llegar a continuación hay más incertidumbre. En cualquier caso y en el fondo, muchos saben o intuyen que el Estado no permitirá el referendo pero, en el actual estado de opinión, la no consulta alimentaría notablemente el apoyo al desafío soberanista.

En Cataluña se bromea con el asunto de los tanques, que alguna vez ya se ha oído desde lo que aquí todos conocen como «la caverna»: «Que vengan, pero que pasen por el peaje». En toda la red viaria catalana solo hay una autovía libre de peaje, que une Lérida y Barcelona. Viajar desde Barcelona hasta Gerona (100 kilómetros), cuesta 14 euros; más caro que desde A Coruña a Vigo, que son 150 kilómetros. Los peajes son solo un ejemplo de la sensación de asfixia económica que perciben los ciudadanos y cuya responsabilidad ha sido desviada por los sectores más nacionalistas hacia la presión fiscal que ejerce el Gobierno central y una redistribución injusta. «Nos roban», son las dos palabras que forman uno de los grandes argumentos sobre el que ha crecido la desafección. Nadie en la calle responde afirmativamente cuando se le pregunta si Cataluña recibe lo que merece.

Ponerse al frente de este proceso no le está sirviendo de mucho al presidente Mas, que ve como sus expectativas electorales decrecen en favor de Esquerra Republicana mientras la coalición con Unió se tambalea. Culpar a Madrid tampoco le está sirviendo para parar todos los golpes. Se escucha con frecuencia entre la gente que el proceso soberanista no es más que una distracción para desenfocar los problemas más acuciantes. Pero, incluso entre quienes así se manifiestan, la idea de expresar la cuestión nacionalista en las urnas es vista favorablemente.

El proceso soberanista no tiene visos de enfriarse. Nadie espera una recuperación económica a corto plazo que alivie los problemas financieros ni habilidad negociadora entre los políticos de ambos lados. La reforma de la financiación autonómica, prevista para el año que viene, difícilmente atemperará el debate justo en la conmemoración de los 400 años de la toma de Barcelona, el incidente que sirve a Cataluña para celebrar cada 11 de septiembre su fiesta nacional. Así que el choque de trenes, otra metáfora que gustan de usar los catalanes, parece hoy más posible que nunca.

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