Sería por tratarse de la primera Fiesta Nacional sin el rey presente o por la curiosidad de ver al príncipe al mando -del desfile militar y de la recepción posterior en el Palacio Real- , la sensación generalizada ayer es que había más asistencia que nunca. El salón de recepciones era como el metro en hora punta, pero abarrotado de personalidades, destacando el aluvión de embajadores. Y en ese marco llegó la novedad, la tímida ruptura del formato: copas de cava para el innovador brindis del príncipe. Palabras breves, precisas, medidas, por supuesto en nombre del rey -en una recepción en la que nunca había discursos- y la profesionalidad habitual del heredero, como comentario general.
Altos cargos de la Zarzuela preguntaban después a los periodistas su opinión sobre el acto, mientras Rajoy protagonizaba un corrillo con informadores para no decir nada, salvo que «Montoro es un buen ministro», sin duda para no tomar protagonismo. Con frecuencia Rajoy habla y no dice nada, o poco, pero se notaba que en este caso lo hacía para no tapar informativamente al príncipe. Rubalcaba, respetuoso con el anfitrión del acto, declinaba hacer declaraciones. Y en estas Aznar bajó de los cielos y se largó unas manifestaciones, breves pero sin desperdicio.
Hacía diez años, diez, que el expresidente no acudía a esa recepción. En cualquier edición anterior de la Fiesta Nacional, parafraseando al teniente general Fernández Campo la noche del 23-F, en alusión a Armada, hubiera podido decirse que «Aznar ni está, ni se le espera». Pero esta vez acudió, aunque no se le esperara. Y claro, Aznar, si va, se hace notar. «He venido porque la situación en España, como consecuencia de lo de Cataluña, es de seria gravedad. He venido a mostrar mi apoyo a la monarquía constitucional y a la unidad de España.» Lo impactante hubiera sido que dijera lo contrario, porque los asistentes estaban en la misma línea mayoritariamente, pero lo convirtió en noticia destacada el inoportuno momento elegido para decirlo. Lo declaró en un corrillo con periodistas, pero sus palabras se propagaron poco a poco por el salón en el que hasta aquel momento solo se hablaba del príncipe y de la importante manifestación en Barcelona en contra de la ruptura entre Cataluña y España. El expresidente Montilla, por ejemplo, comentaba, pero no ante ninguna libreta periodística, que la situación en Cataluña puede ser incluso peor el próximo año.
Declaración de Aznar, discreta propagación por el salón y cambio de decorado: pueden imaginar el gesto molesto de los altos funcionarios de Zarzuela que minutos antes recogían opiniones sobre el príncipe para regalarse, o para regalarle, los oídos. Adivinen la cara de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría cuando le trasladamos las declaraciones de Aznar. Aunque por su profesionalidad sepa disimular impertérrita su contrariedad, se apreciaba el fastidio: toda una campaña del Gobierno en marcha transmitiendo sensación de calma y enviando mensajes de que las cosas van mejor y llega de improviso Aznar para hablar de «seria gravedad de la situación de España», antesala quizás de sugerir que con él estas cosas no pasarían. Después se le vio hablando con Montoro detenidamente, quizás dictándole una clase de economía, que igual hasta le viene bien, aunque también habló unos minutos con Rubalcaba, en este caso de fútbol, como confesó el socialista. Tienen motivos ambos para estar preocupados: el Real Madrid, de momento, tiene jugadores pero no tiene equipo, y Bale, el fichaje multimillonario de Florentino, ahora tiene, al parecer, una hernia, que también se conoció ayer, el día de la Fiesta Nacional. Lo que faltaba. Menos mal que Aznar vela por nosotros y siempre estará ahí como último recurso.
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