Con las Cortes de Cádiz, España entra en la modernidad. Y como este país es así, cainita como pocos, para cuajar tuvieron que pasar 170 años de violencia fratricida. Las circunstancias han hecho que el bicentenario de la primera Constitución española coincida con lo que se presume un cambio de ciclo histórico, en Andalucía y en España. Todo parece indicar que el próximo domingo concluirá la hegemonía socialista en la comunidad. Treinta años de dominio absoluto, una rareza en cualquier sistema democrático. Las redes clientelares, habituales allí donde un partido se eterniza en el poder, son solo una parte de la explicación. La otra hay que buscarla en la historia. Andalucía permanece atrapada en los demonios del pasado. Una actitud excesivamente acomodaticia ha impedido el cambio de mentalidad que necesitaba y ha sido un freno para la innovación, lo que ha frustrado una renovación en profundidad del tejido productivo, pese a que ha sido el destino de una cuarta parte de los fondos europeos recibidos por España. Una cantidad similar a la recibida por la macrorregión del noroeste que pretende impulsar Feijoo. La España actual no se entiende sin las ayudas de la UE, pero el reto ahora es avanzar con nuestros propios medios. Y en época de penuria, la cooperación entre vecinos que comparten problemas y carencias es el camino para abordar las reformas que permitan ganar la competitividad. En un país tan dado a vivir de espaldas unos a otros, esta colaboración es casi tan revolucionaria como la Constitución de Cádiz.