Hay una tendencia en los políticos a sufrir una transformación rayana con la transfiguración a medida que se acercan los períodos electorales. El último en experimentar esta mutación ha sido Alfredo P. Rubalcaba. El vicepresidente de un Gobierno que ha asistido impotente a la vertiginosa escalada de las cifras de desempleo hasta cotas históricas resulta que tiene la varita mágica para resolver el problema. Lo malo es que la ha ocultado hasta ahora y lo peor, que no la ha usado. Dados los millones de damnificados, va a tener razón Dolores de Cospedal en que su omisión bordea lo delictivo. Y es el mismo vicepresidente de un Gobierno que ha asistido impasible a miles de desahucios por impago de hipotecas, que ha dado todo tipo de facilidades a la gran banca, incluida una reestructuración del sistema de cajas de ahorro que le beneficia, y que ha procedido a una reforma del mercado laboral que en lugar de flexibilizar las condiciones de trabajo para adaptarlas a las necesidades económicas y de producción las ha desregulado de acuerdo básicamente con los intereses empresariales.
Ese vicepresidente ha descubierto ahora la responsabilidad del sistema financiero en la crisis económica y pretende que pague por ello. De tanto hacer guiños a los indignados va a acabar encabezando la protesta... contra lo que él mismo ha hecho. Un ejercicio extremo de hipocresía, si no de cinismo, que en nada ayuda a prestigiar a la clase política. No basta con hacer propuestas. Deben ser factibles y creíbles. Rubalcaba se está jugando su credibilidad y, con ello, sus ya escasas opciones electorales.