No me incluyo entre los que infravaloraron los peligros que para la economía española suponía la irrupción de una crisis financiera internacional sobre un país embarcado en un bum inmobiliario y crediticio que, para muchos, iba a ser el cuento de la lechera permanente. Pero tampoco creo que tengan razón ahora, esos mismos, cuando señalan como la raíz cancerosa de todos nuestros males nuestro endeudamiento público creciente. Endeudamiento que en buena medida es resultado de los paños calientes que hay que aplicar (plan E, plan Renove, ?) ante el colapso de buena parte del sistema financiero y de los sectores privados de nuestra economía.
Dicho de otra forma. Sin obviar los ahorros y sacrificios que haya que hacer desde el sector público, sería un error creerse -y hacer creer- que la salida de nuestro atolladero pasa fundamentalmente por adelgazar el sector público. Quizá esa sea la forma de cavar más honda la fosa.
En cualquier caso, los datos comparativos respecto a los países con los que se nos compara para mal (Grecia, Portugal) o bien para tomar ejemplo (Francia, Alemania) no sitúan a nuestra deuda pública acumulada en niveles que por sí mismos sean preocupantes. Sí lo es en Grecia. Pero en esto Alemania y Francia nos superan para mal.
Claro que otra cosa muy distinta es la posición deudora neta de las empresas, especialmente alta en Portugal (162%) y en España (136%) si tomamos como referentes la situación franco-alemana (media del 72%). Es este desfase el que nos convierte en el país con un segundo peor diagnóstico financiero.
España es subcampeona en la posición financiera negativa de sus empresas sobre todo porque las constructoras, inmobiliarias, etcétera, asumieron un intensísimo endeudamiento en relación al valor de sus activos. Y este es el epicentro de nuestra tormenta perfecta. Que nos coloca en una posición más delicada, ya que los hogares españoles no llegan a tener la mitad de la posición financiera positiva de franceses o alemanes respecto a su PIB (60% frente al 120%). Lo que obligó a endeudarse con el exterior, de manera muy intensa, a nuestras entidades financieras.
Y es en esta tormenta financiera donde se recrean y sacian los tiburones.