Reelegida triunfalmente al frente del PP madrileño, sitúa a Manuel Pizarro en el «núcleo duro» de la nueva dirección
20 sep 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Al ritmo de Shakira, con gritos de «¡guapa!, ¡guapa!» y «¡presidenta!, ¡presidenta!» y aplausos de los compromisarios puestos en pie. Así fue recibida ayer Esperanza Aguirre cuando entró en el pleno del Congreso del PP de Madrid, que la consagró horas después, de nuevo, como su «lideresa» indiscutible, con el 96,34% de los votos, cinco puntos más que hace cuatro años. A su llegada, saludos efusivos a su archirrival, Alberto Ruiz-Gallardón, junto al que se sentó y compartió risas y confidencias, pese a que el día anterior tuvieron su enésima trifulca. En esta ocasión a cuenta de la privatización del 49% de Canal de Isabel II, anunciada por la comunidad, a la que el alcalde respondió advirtiendo que si se llevaba a efecto denunciaría el convenio que existe con el Ayuntamiento.
Por la tarde cambió la música, pero no varió el entusiasmo. Esta vez sonó Mamma Mia, del grupo sueco Abba, para acompañar a la única candidata. Aguirre pidió la confianza de los 2.500 compromisarios populares para renovar su cargo por tres años y para que Madrid siga a la cabeza de España, se sitúe entre las regiones punteras de Europa, «demostrar que el tiempo del relativismo moral se ha terminado» y defender los dos valores fundamentales de su partido, «la libertad y España». En su discurso, atacó a un Zapatero «incapaz de afrontar la crisis» y que «quiere hacerse dueño de nuestra conciencia y de nuestros valores morales» con proyectos como la reforma del aborto o «el suicidio asistido».
Todo bien atado
Todo estaba atado y bien atado ayer en el cónclave popular, en el que Aguirre exhibió su fuerza en Madrid, donde hasta Gallardón ha tenido que rendirse y apoyarla, no como hace cuatro años cuando la desafió a través de su mano derecha, el vicealcalde Manuel Cobo. Lo más sorprendente fue el nuevo look de Rodrigo Rato, que apareció sin que se le esperara, luciendo perilla, y fue recibido con una gran ovación. También destacó la incorporación de Manuel Pizarro a la dirección, rescatado del ostracismo por la campeona del liberalismo, y la entrada de tres inmigrantes en la ejecutiva, el ecuatoriano Washington Tovar, la rumana Anka Moldovan y el cubano Toni Guedes.
Tras su estrepitosa derrota en el congreso nacional de Valencia, en el que Rajoy dio de lado a sus dos hombres de confianza (Ignacio González y Francisco Granados) y aupó a su principal adversario, Aguirre se ha hecho fuerte en la comunidad, donde controla con mano de hierro todos los resortes del poder y de un partido que tiene 82.000 afiliados.
Pero Aguirre sigue sin resignarse, como dijo en un su famosos discurso que puso en solfa la política opositora de Rajoy. El domingo anunció que pedirá un congreso para decidir si este es también el candidato a presidente del Gobierno. No dudó, incluso, en acusar a «algún pelota» de introducir por sorpresa una adenda de última hora para asegurar que lo fuera. En todo caso, quiere recomponer sus relaciones con Génova. Por ello, ha recuperado para su ejecutiva a Manuel Lamela, a quien cesó como consejero por entrar en la dirección nacional de Rajoy. Esa buena sintonía se hizo evidente en la intervención de la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, que puso como «ejemplo» de buena gestión el «modelo» de la Comunidad de Madrid, que dijo es «justo lo contrario» que el del Gobierno de Zapatero. Su definición de Aguirre no pudo ser más elogiosa: «una excelente maestra, una enorme presidenta regional y una magnífica amiga».
Por su parte, Gallardón se ha resituado y es uno de los dirigentes más próximos al líder del PP, a quien apoya sin fisuras. Ha aparcado sus aspiraciones a ser presidente del Gobierno, pero está donde quería, a la diestra del jefe, como un político nacional que ha superado el escalón regional. Su aparición en el programa Tengo una pregunta para usted así lo testifica.