España es uno de los países europeos con menor presión fiscal, un indicador directamente relacionado con los niveles de renta y la cohesión social en la UE
29 ene 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Hacer la declaración de la renta en Suecia debe ser un martirio. Los suecos pagan de media al fisco un 46,4% de sus impuestos, y tienen los tipos sobre los ingresos de los trabajadores más altos de toda Europa: el 56,6%. Algo parecido sucede en Dinamarca, en los Países Bajos, Finlandia, Noruega... Claro que en esos países la calidad de vida y el nivel de renta de las familias, por encima del 120% de la media de la UE, hacen que el mal trago sea más digerible. Y quizá por eso las campañas electorales no se mueven al ritmo de las rebajas fiscales, ni los partidos subastan al mejor postor las ilusiones del contribuyente. Tal vez intuyen que apelar al bolsillo no es garantía de ganarse su voto.
Curiosamente, eso sí sucede en España, donde la recaudación del Estado por todos los impuestos -trabajo, capital y consumo- representa menos del 36% del producto interior bruto (PIB), es decir casi cuatro puntos por debajo de la media comunitaria, y donde la contribución de los trabajadores a la hacienda pública ronda el 30% de sus ingresos por nómina, unos puntos menos que la del resto. Es decir, como en Malta, Portugal, Chipre, Grecia, Polonia, Bulgaria...
¿Hay entonces motivos para quejarse? ¿Son las rebajas de impuestos la mejor manera de crear sociedades más desarrolladas, avanzadas y cohesionadas, o sucede más bien todo lo contrario? Un vistazo a los modelos fiscales que conviven hoy en la Unión Europea puede servir para aclarar tan peliaguda cuestión.
El modelo nórdico
Los países del norte de Europa han basado su crecimiento económico en la cohesión social, articulando sociedades en las que no existen grandes diferencias de renta y en las que todos los ciudadanos disfrutan de servicios públicos de calidad -vivienda, educación, sanidad, cultura, ocio-, de ayudas sociales avanzadas, de condiciones laborales estables y seguras y de sueldos más que confortables.
En esos países, la igualdad no es tanto un condicionante ideológico como el verdadero motor del Estado del bienestar, pues permite integrar en el sistema a toda la población y apoyar el crecimiento económico en el consumo interno. Sin los impuestos, la herramienta básica para redistribuir la riqueza, el proceso no habría sido posible. El resultado está a la vista: los nórdicos pagan más impuestos que nadie, pero también reciben los mejores salarios, padecen los menores índices de desempleo y de inflación y disfrutan de las mejores garantías de protección e integración social.
Irlanda y el Reino Unido
Han conseguido niveles de renta y bienestar similares a los nórdicos mediante la operación contraria: los impuestos sobre las rentas del trabajo están entre los más bajos de Europa, salvo para los salarios más altos, como también lo están los gravámenes a los que se someten los beneficios de las empresas. Claro que ese modelo de crecimiento se ha nutrido de un desarrollo industrial muy potente, basado en la apuesta por las nuevas tecnologías, en la sociedad del conocimiento, en los productos de alto valor añadido y en el fortalecimiento del sector exterior. Irlanda tiene uno de los índices de cohesión más satisfactorios de la UE, pero no así el Reino Unido: el 20% de la población más rica dispone de 5,4 veces más renta que el 20% más pobre, una décima más que España.
Luxemburgo
Su condición de paraíso fiscal hace que no sirva de ejemplo, porque permite a sus ciudadanos disfrutar de las rentas más altas de la UE pagando los impuestos sobre la renta más baratos del continente.