DE OSOS Y MADROÑOS
20 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.CUANDO OCURRE una catástrofe como la que actualmente afecta a gran parte de la costa de Galicia con el siniestro, otro más, de un nuevo petrolero -que vaya nombrecito tan apropiado que tiene, por cierto-, se produce una serie de reacciones. Dejando aparte las tomadas tarde por quienes deberían haber reaccionado rápidamente, en esta ocasión estamos oyendo y leyendo algunas de las que lo menos que se puede decir es que son frívolas. Me refiero a todos quienes han dicho o escrito que, al fin y al cabo, se puede vivir muy bien sin percebes. En Madrid, seguramente se puede. En Corme, en Laxe, en Malpica... mucho menos. Mucho menos, porque en ésas y otras localidades de la Costa da Morte hay muchísima gente que vive del percebe. Para el consumidor madrileño, el hecho de que los percebes escaseen estas Navidades, o que alcancen precios más altos que nunca, es, simplemente, una incomodidad fácilmente remediable. Para el percebeiro de esas costas, que donde no haya percebes sea en las rocas donde siempre los han cogido no es un inconveniente, sino una tragedia. Su problema no estriba en poner en su mesa de Navidad un marisco caro, un lujo; está en qué llevar a esa mesa. No frivolicemos. La catástrofe del Prestige es trágica para quienes viven en Galicia, esa esquina del mundo que alguna gente se empeña en convertir en el rincón donde se tira sin problemas la basura. Somos esquina, eso está claro: pero nos negamos a seguir siendo «rincón». Y, mucho menos, basurero. El mar es ancho; pero siempre nos toca a los mismos.