Una venta que certifica el fin de una era


A finales de los años noventa, la banca española solo pensaba en fusionarse, en crecer, en ganar tamaño, porque los ejecutivos consideraban que la dimensión era sinónimo de competitividad. Fue en ese momento cuando Caixavigo, dirigida por Julio Fernández Gayoso, y tras pelearse con su eterno rival, José Luis Méndez, consiguió hacerse con la mitad del capital del Banco Gallego, una entidad con bastante presencia en el norte de Galicia, por unos 100 millones de euros.

Fue el inicio del fin, el pistoletazo de salida de una carrera en la que todo valía para crecer. Caixavigo, no contenta con el tamaño que le daba el Banco Gallego, aún se lanzó a una fusión con las cajas de Ourense y Pontevedra, ignorando el coste de tantas duplicidades. Caixa Galicia, por su parte, ya con el sector inmobiliario en pleno auge, apostó por su propia red e hizo del préstamo el principal soporte de su enorme crecimiento.

El resultado de esa política es de sobra conocido. Con el fin del bum inmobiliario, los impagos, el paro, la crisis, y la inapreciable falta de control y de rigor del Banco de España y los gobiernos, las cajas gallegas han dejado prácticamente de existir, el banco creado por ambas, NCG, busca desesperadamente oxígeno para seguir adelante, el Banco Etcheverría (en la órbita de Caixa Galicia) está ahora en manos de inversores venezolanos, y hoy sabemos que las decisiones del Banco Gallego se tomarán en Cataluña. Esta última venta certifica el fin de una era, la de los banqueros sin banco que jugaron a ser Botín. Y certifica, en definitiva, el desmantelamiento del sistema financiero autóctono y la desaparición de la obra social.

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