uando en el año 490 antes de Cristo, el soldado griego Filípides recorrió los más de 42 kilómetros que separan Maratón de Atenas para anunciar el triunfo frente a los persas, no podía imaginar que veintitantos siglos después el país heleno lucharía de nuevo contra el reloj por su supervivencia.
Vayamos por los antecedentes. Grecia accedió al euro con un déficit mayor que el declarado oficialmente y, tras dos lustros de moneda única, ha perdido competitividad a remolque de un fuerte aumento en precios y salarios. Los sucesivos Gobiernos han intentado solucionar los desequilibrios inyectando dinero público a familias y empresas, pero el déficit y la deuda (140??% del PIB) han alcanzado cotas difícilmente sostenibles y el mercado ha acabado por pasar factura.
Así pues, Grecia evitó la bancarrota hace un año gracias al dinero aportado por sus socios comunitarios y el FMI. Entonces se estimó que a partir del 2012 el país heleno podría volver a financiarse en los mercados. A día de hoy, con el bono a 3 años en el 30?% de interés, ese horizonte se dibuja bastante más lejano. ¿Pero es realmente Grecia insolvente? Yo creo que no. Dispone de un gran patrimonio público que puede enajenar y sus ineficiencias administrativas suponen un enorme filón de reducción de gastos. De igual manera, el impago de la deuda es la opción menos interesante para el país, pues ello supondría la quiebra segura de su sistema bancario y aun así seguiría necesitando financiación externa para su déficit corriente.
Estos días, el Parlamento griego se ha debatido entre la aprobación o no de un nuevo plan de ajuste que supondrá más recortes salariales, el despido de 150.000 funcionarios en 4 años, nuevos impuestos a los autónomos y sobre el patrimonio, y la privatización de bienes públicos, todo ello con la esperanza de obtener unos 78.000 millones de euros hasta el 2015. Finalmente, y tras el visto bueno al programa exigido por la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo, Grecia tendrá una inyección de fondos urgente para salvar los vencimientos de verano además de un segundo plan de rescate, en el que los bancos privados europeos contribuirán seguramente con la recompra -parcial y voluntaria- a vencimiento de nuevas emisiones de deuda a largo plazo (se habla de 30 años) combinada con títulos cupón cero, que abonan todos los intereses a término.
Europa debe recapacitar
Si hubiese llegado el momento en el que el impago se hubiera convertido en la única opción, es probable que las autoridades comunitarias hubieran intentado dilatarlo para tranquilizar a los mercados, permitir a Portugal e Irlanda avanzar en sus ajustes y dar tiempo para que España consiga crecer a mayor ritmo y salir de la zona de peligro. Por eso el escenario no podría ser la quiebra. Es más factible que el problema se extienda en el tiempo más allá del 2013 para ir poco a poco encauzándose. Así, Europa tendrá tiempo para preguntarse por qué se le presta dinero a los griegos a un tipo de interés que casi dobla el de los préstamos que recibe del FMI. Si de verdad se quiere resolver el problema cuanto antes y profundizar en la integración política europea, habría que intentar ayudar a Grecia sin obtener demasiado beneficio económico a cambio, por mucho que haya que contentar al sufrido contribuyente centroeuropeo. Filípides entró en la capital al grito de «¡Alegraros atenienses, hemos vencido!». Esperemos que ahora vuelva a ocurrir lo mismo. Pero no nos olvidemos, y de ahí la importancia de ayudar a Grecia, que tras esas palabras para la historia, Filípides cayó muerto por la fatiga.
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