C on los datos anuales del Índice de Precios de Consumo (IPC) en la mano, es cierto que no estamos ante una caída de generalizada de los precios, por lo que no puede hablarse de deflación. El año habría finalizado así con recesión económica (caída de la producción nacional) pero no con deflación. ¿Habríamos evitado por ello estar técnicamente en depresión?.
Cuando uno observa que, de las 57 rúbricas en las que desglosa sus datos el Instituto Nacional de Estadística, 37 han disminuido sus precios y como, al mismo tiempo, las partidas que evitan que el índice global sea negativo son -de forma muy destacada- el tabaco y los carburantes, la conclusión no puede ser tranquilizadora. Porque si descontamos un factor de origen foráneo sobre el que la economía española no tiene ningún tipo de mecanismo de control (la mayor cotización del barril de crudo) y otro sobre el que el Gobierno actúa directamente por vía fiscal, lo que nos queda es una economía en la que el consumo está bajo mínimos y donde las empresas (ya sean manufactureras o comerciales) tuvieron que reducir sus precios para deshacerse de sus stocks y mantener una actividad mínima. El año 2009 se habría cerrado así con un incremento anormal del desempleo, restricción del crédito, reducción de la producción y de la inversión, quiebras y montos reducidos de comercio. En ese contexto, los consumidores considerarán rentable aplazar sus decisiones de consumo o de inversión. Un círculo nada virtuoso para comenzar el 2010. Va a resultar cierto lo que dijo en Madrid el pasado noviembre el nobel de economía George Akerlof: «Esas son cifras de depresión; España tiene lío para rato».