España consolida su prosperidad

Pedro Arias Veira profesor de la universidad de santiago

ECONOMÍA

El crecimiento registrado en los últimos años ha permitido crear una media de medio millón de puestos de trabajo cada año

27 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

A los economistas formados a finales de la década de los ochenta y principios de los setenta casi nos cuesta creer lo que está pasando en la actualidad. Siempre se nos dijo que España había perdido el tren de la historia económica, que ya era demasiado tarde para recuperar el tiempo perdido, que lo máximo que podía ocurrir eran remedos, apaños y coyunturas efímeras, pero que se trataba de un país con una trayectoria subyacente de atraso y decadencia. Los libros y textos de la época eran la crónica de una frustración que no cesaba. Obviamente casi todos lo creíamos, aprendíamos en los manuales de Teoría Económica, siempre anglosajones, que el desarrollo histórico era consustancial a la libertad, el mercado y el capitalismo en democracia. Sin ellos no había asignación eficiente de recursos ni desarrollo sostenido a largo plazo. También el estudio paralelo y extraoficial del marxismo propiciaba las mismas conclusiones, el desarrollo de las fuerzas productivas chocaba con una superestructura ideológica obsoleta y con unas instituciones políticas en las que siempre habían dominado los absolutismos y las manos muertas. La propia dictadura de Franco era buen ejemplo de ello. Su desarrollo, sacrificando a los emigrantes, apuntalando industrias vetustas, vendiendo el país al capital extranjero y permitiendo los desequilibrios territoriales era una confirmación empírica de tales tesis. Pesimismo en la transición La Transición y la llegada de la democracia parecían confirmar el pesimismo. Nada había cambiado, sólo había más desindustrialización del naval, la siderurgia, la textil y de lo poco que había crecido malsanamente. Tampoco el cambio socialista alteró las percepciones fundamentales. Continuaron los descensos de empleo industrial, el paro se disparaba, surgían nuevos intervencionismos favoritistas y, como en los viejos tiempos, solo florecían obras públicas de escaparate, la expansión del sector público financiado con deuda pública y el crecimiento del paro a cotas nunca vistas. La inflexion de 1996 El nuevo Gobierno de Aznar llegaba sin que se confiara excesivamente en sus políticas económicas. El centroderecha no tenía gran predicamento histórico, al fin y al cabo dominara siempre en España, salvo excepciones contadas, y nunca había hecho nada espectacular. El propio presidente era un funcionario de Hacienda cuya trayectoria en Castilla y León tampoco había asombrado a los analistas. Pero apostó con Rato por las medidas propias del modelo económico liberal. Que dicho sea de paso no son más que las recetas responsables de todo empresario privado sensato aplicadas al conjunto del sector público: cuadrar las cuentas, no endeudarse sin tino, dejar hacer al tejido civil productivo, soltar lastres de las empresa públicas y disciplinarse a los acuerdos económicos de la UE. Y comenzó a funcionar desde el primer momento. Se produjo lo que Fukuyama llama una convergencia en la confianza, un clímax de credibilidad en la seriedad del dirigente y su política económica que rebajó la incertidumbre y el riesgo respecto a la actuación económica de las autoridades gubernamentales. Se dispararon los proyectos y las actividades interiores, los agentes creyeron en la política de estabilidad y acometieron sus inversiones con expectativas más precisas. Persistencia Los éxitos iniciales fueron considerados por la oposición como un mero reflejo de la coyuntura exterior, como el efecto de un dinamismo pasivo. Pero no era un espejismo. Cuando las economías europeas entraron en crisis, por su persistencia en el intervencionismo socialdemócrata, la economía española se convirtió en afortunada excepción en crecimiento. De las economías de tamaño medio-grande era la única que tiraba del carro comunitario. Otra de inferior tamaño, con similares medidas, Irlanda, experimentaba su particular y espectacular desarrollo. El milagro español Siete años después, la continuidad del crecimiento permite hablar de un auténtico milagro español. Las cifras son elocuentes. En este período se ha venido generando empleo neto a un promedio anual de más de medio millón de puestos de trabajo. Es una cifra inédita, la mayor no sólo de todo el período democrático, sino de todo el siglo XX, desde 1900 hasta el tercer trimestre del 2003. Téngase en cuenta que, en términos absolutos, crear más de cuatro millones de empleos fue un récord que ni se alcanzó en los cuarenta años de la etapa de Franco, cuando se registraron tres millones y medio.