Cuando acabé
la universidad
me fui a EE. UU., con mi inglés lleno de lagunas, pero con deseos de aprender.
Al principio la comunicación resultaba frustrante; siempre me sentía simple, incapaz de llegar a razonamientos complejos porque mis recursos no iban más allá.
Con rubor, pienso en la cantidad de veces que acabé asintiendo con una enorme sonrisa, aunque en el fondo no entendía, pero me angustiaba preguntar por enésima vez lo mismo. ¡Con mil cosas que contar y tanto por saber! Por eso ahora entiendo a Aycha, Fátima, Latifa, Zohra, Mariem,
Halima, Nadia,?
Ellas están luchando para comunicarse, para saber explicarle al médico cómo es la tos de su bebé, para hablar con la profe de su hija que tiene dificultades con las mates o para compartir la receta del cuscús con esa vecina que cada viernes les dice lo delicioso que huele.
Sí, ellas son marroquíes, musulmanas, llevan pañuelo a la cabeza y viven aquí con sus maridos, quienes arriesgan su pellejo en el mar con los nuestros, y cuyos hijos comparten pupitre con nuestros retoños.
Mis mejores alumnas, las más esforzadas, estudian para poder saber y para poder contar, porque están deseosas de que las conozcamos y las entendamos.
Y en estos tiempos turbulentos, en los que el miedo impera en el corazón de un mundo execrable que no tiende la mano a los refugiados, en los que los muros quieren cercar nuestras mentes (no solo en
Estados Unidos si no también en nuestro país, no nos engañemos), en los que la ultraderecha agita estas inseguridades para hacerse con el poder en nuestras imperfectas democracias, es más necesario que nunca que trabajemos por la integración.
Con este fin, debemos exigir
a nuestros gobiernos que implanten programas reales para trabajar en este ámbito y que esa labor no se deje a la buena voluntad de cada centro educativo (como sucede en nuestro caso).
Pero yo creo que, esencialmente, la integración llegará de la mano de los ciudadanos, en nuestro día a día, cuando rechacemos los miedos que nos intentan imponer para darnos cuenta de que esta palabra, como su etimología indica, significa algo tan hermoso como completar.