Raphinha: el clásico suele ser su gran noche

Adrián Sobrino REDACCIÓN / LA VOZ

DEPORTES

Raphinha celebra su segundo gol contra el Real Madrid.
Raphinha celebra su segundo gol contra el Real Madrid. STRINGER | EFE

El brasileño encadena siete goles y tres asistencias en los últimos seis encuentros ante el Real Madrid, tras erigirse en el protagonista principal en una final en la que firmó dos dianas

11 ene 2026 . Actualizado a las 23:36 h.

Hora y media antes del inicio de un partido determinante, el que decidió el primer título del recién estrenado 2026, Raphael Dias Belloli, Raphinha (Porto Alegre, 1996), se personó en el estadio King Abdullah de Yeda con gafas de sol, auriculares, la chaqueta atada a la cintura y luciendo el polo y el pantalón del Barcelona. Minutos después, sobre el césped, asombró a propios y a extraños con una nueva exhibición para la hemeroteca del enfrentamiento que paraliza el mundo del fútbol, el clásico español. Solo él sabe si en sus cascos sonaba el mítico Mi gran noche, de su tocayo Raphael. Lo cierto es que, como dice la letra, pudo ser su gran noche. O más bien, lo fue. Una vez más, ante el Real Madrid.

Acostumbrado a ser esquivado por los focos, a pesar de su exquisito rendimiento sobre el terreno de juego, en Arabia vivió un capítulo ya visto de su carrera. Vestido de héroe, emergió como el salvador de los culés, que tuvieron que sufrir para hacerse con el trofeo. Y es que el Barça le debe mucho, no solo por su actuación ante los blancos, pues lo bordó en las semifinales con dos dianas y una asistencia que sirvieron para derrotar plácidamente al Athletic Club. Su estado de forma es espectacular, y él lo sabe. La lesión en el muslo que lo obligó a parar durante un mes y medio ya es pasado. Se ha entonado, recuperando la confianza del curso anterior. Ahí está la clave, pues no hay nada más fuerte en el deporte que creer en uno mismo.

A Raphinha le sale todo bien, mejora cada balón que pasa por sus pies. La final de este domingo es, sin duda, una prueba de ello. Estuvo sobre el campo algo más de 82 minutos —sin contar el cuantioso alargue del primer acto—, en los que tuvo tiempo para errar lo imperdonable, pero también para brillar.

Pasada la media hora, fue habilitado magistralmente en carrera por Lamine Yamal, plantándose ante Courtois. Inexplicablemente, su remate, blando, apenas inquietó al belga. Un fallo increíble, que hubiera desmoralizado a cualquiera, pero no fue el caso. Transcurrieron segundos hasta que el de Porto Alegre recogió el cuero en el costado izquierdo, tras un toque de Fermín, y encaró a Tchouaméni. Ingresó en el área y cruzó la pelota, en una acción marca de la casa. Ese remate sí que es un clásico. Raso y a la cepa del poste, inapelable para el guardameta.

Una vez abierta la lata, y tras el carrusel de goles, el Madrid le tomó el pulso al partido. Fue entonces cuando la fortuna se alió con Raphinha. Disparó desde la frontal para, una vez firmada la alianza entre el balón y la pierna de Asencio para despistar a Thibaut, puso la sentencia.

Nadie reclamó en septiembre el balón de oro para él. Ni siquiera entraba en las quinielas para dejar huella en Yeda. Pero lo hizo. Ante los blancos se lució, igual que contra el Athletic. Volvió a ser su gran noche.