Neymar, Balón de Oro


Al margen de cómo juegue Neymar en lo que queda de año, es probable que cuando se revelen los votos del Balón de Oro haya algún iluminado que le de regale puntos al brasileño. Siempre asoma algún un seleccionador de Tonga o similar que premia al futbolista ilustre que más ha sonado, aunque solo sea en una canción de Rosalía. Es una bonita tradición (imaginen los comentarios si la decisión la tomara una entrenadora). Eso explica que Iniesta y Xavi se hayan ido de vacío a pesar de ser el lápiz y el compás en un equipo y una selección que han dejado huella en la historia del fútbol. También es cierto que el ridículo colectivo del culebrón Neymar merece algún tipo de galardón. El primero, para este jugador apátrida que no conoce colores más allá del rojo y negro de las ruletas de Las Vegas. La palabra niñato no le hace justicia. Quería ser el rey de París sin entender que, en esto del fútbol mundial, París no es más que un condado. La grandeur, que para otras cuestiones sigue funcionando de maravilla gracias al relato, no es extrapolable a una Liga en la que al PSG el pescado se lo venden mucho más barato que a sus homólogos de otros países con lonjas bastante más duras. Por inversión y una simple cuestión estadística, lo lógico es que un buen año a los parisinos les toque asaltar el trono europeo, pero quién sabe.

Para la posteridad quedará también ese llamamiento del PSG a sus ultras para que no se ensañen con la estrella revenida en cometa. Siempre hay que echarle algún hueso a los cachorros para evitar el mordisco. Los radicales siempre primero. Para el resto se receta cristiana resignación. Los del montón, esos que pagan, intentan ir con sus hijos al fútbol, sufren como el que más y la lían como el que menos, suelen estar al final de la fila de las prioridades de los clubes. Se ve que esas habas se cuecen a calderadas más allá de los Pirineos. Después de dedicar cortes de mangas a aficiones varias tampoco sería de extrañar que Neymar forzara algún gesto a los ultras correspondientes, los que toquen, que en eso sí que se exige profesionalidad. No vaya a ser que se enfaden los chavales. Si a alguien hay que hacer feliz es a ellos. Bueno, y a los toiss.

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