River toca el cielo en el Bernabéu

Un golazo de Quintero en la prórroga selló el cuarto título de la Libertadores frente al Boca

Colpisa

River Plate tocó el cielo en una final eterna. Y lo hizo a 10.000 kilómetros de donde debería haberlo tocado: en el Monumental, ante su público y en su ciudad, Buenos Aires. Pero pudo hacerlo en Madrid, en el Santiago Bernabéu y en la final más larga de la historia de la Copa Libertadores. Esa que empezó un 10 de noviembre y que terminó 30 días después por culpa de la lluvia, de los barras bravas y de la decisión de la Conmebol de sacar la final fuera de Argentina. Y lo hizo por derecho, por su mayor ambición y porque fue superior a un rival que presentó más fuegos de artificios que juego.

River conquistaba su cuarto título de Libertadores gracias a un golazo de Juan Fernando Quintero, un centrocampista con nombre de escritor que puso la rúbrica a un título que se hizo esperar.

Tras el 2-2 en el partido de ida de la final de la Copa Libertadores, River Plate y Boca Juniors saltaron al césped del Santiago Bernabéu con la clara intención de minimizar los errores que les pudieran castigar en el marcador. Una prioridad clara por encima de jugar al fútbol tanto de los jugadores de Marcelo Gallardo como de los de Guillermo Barros Schelotto. Quizá por los nervios, quizá por la falta de calidad o quizá por lo que había en juego, pero ni ‘xeneizes’ ni ‘millonarios’ querían dar el paso adelante para agarrar las riendas del partido y tomar el mando. Miedo. Mucho miedo. Boca estaba mejor plantado en el campo y suyas fueron las primeras ocasiones, más por errores de River que por aciertos propios. Maidana despejó mal y provocó un córner y, en la salida del saque de esquina, Pablo Pérez mandó el balón a las manos de Armani en una media volea que llevó el pánico a la grada ‘gallina’. De nuevo el capitán fue el protagonista minutos después y tuvo en sus botas el primer gol, pero el balón se fue pegado al palo tras tocar en un defensa de River.

Las ocasiones fueron un espejismo porque ni River ni Boca decidieron dar un paso al frente. Pasión, mucha pasión, nervios, juego lento, jugadores estáticos, poco ritmo, ausencia de pases verticales, mala definición en las combinaciones. el partido parecía sacado de una filmoteca, cuando el fútbol era en blanco y negro y no se rodeaba de tanto marketing. Mucho contacto, fútbol físico y poca calidad (peleado con la calidad). De nuevo Boca, más por empuje, se acercaba al área del rival, pero los porteros seguían siendo espectadores de lujo. River pretendía tener más balón, pero le costaba crear en campo contrario y no encontraba ni a Palacios -pretendido por el Real Madrid- ni a Pity Martínez. El partido se resumía en mucha intensidad en cada balón y sin espacios en los que filtrar un balón con peligro. Pero entonces apareció el espacio y Nández se sacó un pase magistral en profundidad hacia Benedetto que, tras deshacerse de los dos centrales, Maidana y Pinola, definió a la perfección ante la salida de Armani.

La zona bostera del Bernabéu se volvía loca ante la desesperación de Matías Biscay en la banda, segundo del sancionado Marcelo Gallardo, que se desgañitaba pidiendo explicaciones a sus centrales por haber ido los dos al suelo para intentar frenar al delantero de Boca. Los equipos se marchaban a los vestuarios con el regusto del gol a favor para unos y el desazón para otros.

River tenía que arriesgar y dio un pasito más adelante. Y se presentó en la final a los 48 minutos cuando Nacho Fernández -tras una buena dejada de Lucas Pratto de cara en la frontal- puso el balón pegado a la escuadra de la portería de Andrada. Unos centímetros más a la izquierda y hubiera supuesto el empate de los ‘millonarios’. Por si faltaba algo en la final, apareció el VAR para sumarse a la fiesta y ahorrarse un penalti claro de Andrada a Pratto -el portero llegó tarde en su salida y derribó al delantero- que ni el colegiado en el campo ni en la sala de Las Rozas decidieron que fuera penalti. Error del árbitro que podía ser decisivo para el devenir de la final. Entre los cambios y las interrupciones constantes, era imposible imponer ritmo al partido. River estaba mejor y tocando, como mejor sabe, llegó el empate. En su mejor jugada, Nacho Fernández tocó para Palacios que apareció en el área para poner el balón atrás donde Pratto se tomaba la venganza del penalti no pitado minutos antes para batir a placer a Andrada.

Con las tablas de nuevo en el marcador, los dos equipos volvieron al ritmo del principio del partido. Pocos riesgos, pases horizontales y la misma tensión. De nuevo una decisión arbitral puso picante al partido. El colegiado pitó un libre indirecto dentro del área a favor de Boca por una plancha de Pinola cuando Nández orientaba el remate. Acertó el árbitro porque no hubo contacto con el jugador, pero sí peligro por la forma de entrar del central, aunque Boca desaprovechó la ocasión. Los minutos pasaban entre interrupciones, protestas, patadas, pases con cero riesgo y pánico a perder abocando el partido a una prórroga que le ponía más épica si cabe a una final eterna. El tiempo añadido empezó con una expulsión de Wilmar Barrios por doble amarilla tras una entrada con los tacos por delante sobre Palacios -al que para rematar le pisó el tobillo- que ponía el partido del lado de River. Boca apelaba a la épica sin Benedetto, sin Pablo Pérez y con diez para llevarse el título a Buenos Aires y se agarraba a los penaltis -los penaltis, que por algo es la Libertadores- como mal menor. River tenía el balón, marcaba el ritmo y acumulaba llegadas sobre la portería de los ‘xeneizes’ pero sin puntería. Pero Quintero, que estaba siendo el mejor de la prórroga, se sacó un zurdazo desde la frontal del área que se coló en la portería de Boca previo toque en la escuadra. Un golazo que le ponía el título en bandeja a River. Pero una final hay que lucharla hasta el final y eso fue lo que hizo Boca que, con nueve por la lesión de Gago, fue capaz de mandar un remate al palo. Jara y toda la hinchada de Boca se echaba las manos a la cabeza mientras en la jugada final Pity Martínez marcaba a puerta vacía después de que el arquero hubiera dejado su portería vacía para buscar la proeza en un córner. River ya tiene la cuarta Libertadores en su vitrina. Le costó, vaya si le costó.

Ni Palacios ni Barrios: Quintero

Pablo Gómez Cundíns

El mercado puso el foco sobre dos hombres que no brillaron ayer, pero el balón decidió que el colombiano fuese clave

Conocen bien en Argentina a Juan Quintero. Gran músico, pareja de Luna Monti. Famoso, como pocos. Hasta ayer.

Ayer, otro Juan Quintero, o mejor dicho Juanfer (Medellín, Colombia, 1993) le arrebató su lugar en el salón de la fama. Con una audiencia mundial y sin haber tañido un instrumento. Lo hizo a patadas, pero qué patadas.

Quintero entró en la final maldita de la Libertadores para cambiar el signo de un encuentro que apuntaba a ruina para los millonarios. Se atascaba el River como en la primera parte hasta que Marcelo Gallardo (el único de la historia que logró este título como jugador y entrenador en Núñez, el que más trofeos internacionales ganó para los gallinas) decidió, desde la lejanía (estaba sancionado) retirar al capitán Ponzio para dar entrada al menudo colombiano (apenas 168 centímetros de estatura).

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