Ni Palacios ni Barrios: Quintero

El mercado puso el foco sobre dos hombres que no brillaron ayer, pero el balón decidió que el colombiano fuese clave


La Voz

Conocen bien en Argentina a Juan Quintero. Gran músico, pareja de Luna Monti. Famoso, como pocos. Hasta ayer.

Ayer, otro Juan Quintero, o mejor dicho Juanfer (Medellín, Colombia, 1993) le arrebató su lugar en el salón de la fama. Con una audiencia mundial y sin haber tañido un instrumento. Lo hizo a patadas, pero qué patadas.

Quintero entró en la final maldita de la Libertadores para cambiar el signo de un encuentro que apuntaba a ruina para los millonarios. Se atascaba el River como en la primera parte hasta que Marcelo Gallardo (el único de la historia que logró este título como jugador y entrenador en Núñez, el que más trofeos internacionales ganó para los gallinas) decidió, desde la lejanía (estaba sancionado) retirar al capitán Ponzio para dar entrada al menudo colombiano (apenas 168 centímetros de estatura).

Contra un Boca replegado apostando a la contra, es decir, haciendo de Boca, River tenía que ser más River que nunca, pero el paladar negro no se presentó a la cita. Palacios, como Barrios, se centraron más en el mercado de fichajes europeo que en labrarse un palmarés en la final de la Libertadores con más eco de la historia. Así que, pensando con los pies, Quintero era la solución.

Por delante tenía media hora para darle la vuelta a un partido que se revolvía. Fue por partes. Primero, se arrimó a un costado, pero lo hizo de mentira, cayéndose al interior cuando le venía en gana y la conexión entre Pablo Pérez, Barrios, Nández y los centrales cortocircuitaba. Lo hizo bien, porque Palacios ya pareció mejor.

En una de esas, solo diez minutos después de pisar el césped, engrasó el último tercio de cancha para que Palacios, Nacho Fernández y Pratto combinasen para el 1-1. Primera jugada hilada, primer agujero a Andrada. A partir de entonces, el colombiano se vino arriba, literalmente, y era todo fogosidad en la medialuna rival, asustaba, amagaba, encaraba y se quedaba en intenciones solo por el lastre de los que le rodeaban. Así llegó la prórroga. Pero Quintero continuó con su escalada de tensión, hasta que se sacó un lanzamiento desde la frontal que acabó sentenciando la final de forma majestuosa. De nuevo, jugada trenzada. Al fútbol, y a Quintero, lo que es del fútbol. «No pensé más, recibí el balón, busqué el espacio, controlé y pateé. Había trabajado ese golpe y es un gol que hay que celebrar», dijo ya como campeón.

Quintero no llegó ayer. Juanfer tuvo que sobrevivir ras la desaparición forzada de su padre cuando él solo tenía dos años. Como futbolista, del Nacional de Medellín saltó al Pescara, Oporto (ya como perla del mercado), Stade Rennais (cedido), pero no terminó de cuajar y volvió a Medellín (Independiente). Eso le revitalizó, el River y Pékerman (ya ha jugado dos Mundiales) lo resucitaron y ayer, el niño que imitaba a Rivaldo y a Ronaldinho, pisó el cielo.

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