El flaco que le dio aire al balón

Pablo Gómez Cundíns
pablo gómez REDACCIÓN / LA VOZ

DEPORTES

STAFF / Efe

Johan Cruyff integró ese selecto club en el que la visión del mundo no era ovalada, sino esférica

25 mar 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Es curioso que el holandés Johan Cruyff (Ámsterdam, 1947; Barcelona, 2016) haya convencido al mundo de que el fútbol es de los futbolistas. Una paradójica obviedad, si se tiene en cuenta que procede de uno de los entrenadores con más personalidad de la historia del deporte.

Cruyff terminó con los balones a medio inflar, pulió el pasto y lo convirtió en tepe, sustituyó el músculo por la habilidad como referente universal para calibrar el nivel futbolístico y fue el Pepito Grillo del Barcelona desde el mismo momento en el que pisó por primera vez el vestuario del Camp Nou en 1973. Hasta ayer.

Este holandés nada errante, abrazaba el «Gracias, vieja», de Di Stéfano, otro que exigía el balón siempre en el suelo. La pelota, traslación un mundo esférico en el que la ofensiva era la única actitud posible, fue el tótem del cruyffismo, esa filosofía que acabó demostrándose como la única admitida por el paladar negro de los sibaritas del fútbol, entre los que acabó encajando España.

Todo en Cruyff fue vertiginoso. Apenas diez años como entrenador le bastaron para dar un golpe de timón a la historia del fútbol, anquilosado en el músculo y el viacrucis de la supremacía física. Alguien vio en su Barcelona un atisbo del showtime propio de la NBA y tomó prestado el sobrenombre de dream team para el primer gran Barça de la historia.

Si bien su etapa en los banquillos es clave para entender el fútbol moderno, lo cierto es que aquel desgarbado jugador ya había marcado una época. Hasta la llegada de Messi eran cuatro los mitos y Cruyff era uno de ellos, con sus tres Balones de Oro y otras tantas Copas de Europa, solo lastrado en su palmarés por aquella Holanda que sin embargo estableció un nuevo prisma bajo el paraguas de la naranja mecánica.

Su marcada personalidad le convirtió en el primer futbolista con repercusión mediática de la historia, aspecto que supo leer correctamente para generar los primeros ingresos por publicidad para un jugador. Un hombre que consiguió popularizar el dorsal número 14 parecía capaz de cualquier cosa.

De vez en cuando, a Cruyff le daba en su viaje hacia el futuro, por jugar partidos de difícil comprensión para el común de los mortales futboleros. Eran pulsos que solo él sabía que podía vencer, pero en el que todos salían ganando. Principalmente sus compañeros. No pensaban lo mismo los dirigentes, que por primera vez en cien años se vieron obligados a negociar con sus plantillas ciertas cantidades de dinero que ahora resultan familiares: las primas.

Uno de los primeros enfrentamientos extrafutbolísticos, y de mayor envergadura, fue contra la multinacional de ropa deportiva Adidas, patrocinadora de Holanda, en pleno Mundial de 1974. Cruyff había firmado con Puma y se resistía a vestir la marca alemana sin recibir una retribución por ello. Lejos de someterse a las presiones de su federación y de Adidas, acabó por vestir ropa con un logotipo de dos rayas, en lugar de las tres que representan a la firma alemana, como medida de protesta. «La Federación, en esa época, negoció con Adidas. Querían que lleváramos su camiseta, y yo pedí mi parte. Me la negaron diciendo que la camiseta era suya, y yo les dije que la cabeza era mía», argumentó años más tarde.

Fue también uno de los primeros futbolistas que admitió su adicción al tabaco (los tiempos han sufrido un retroceso, hoy este punto es del todo impensable) e incluso fumaba en el descanso de los partidos. Sin embargo, 1991 es una fecha clave en la vida de Cruyff. Una operación a corazón abierto que le terminará retratando por el resto de sus días. Entonces, el hombre anuncio, participó en otra campaña. «En mi vida he tenido dos grandes vicios: fumar y jugar a fútbol. El fútbol me lo dio todo. En cambio, fumar casi me lo quita», era su lema. Calmaba su ansiedad con chupa chups, pero no perdió ni un ápice de su actitud firme hacia la vida. Ni siquiera en el Barcelona, donde tuvo que lidiar con el aparentemente indomable entorno. Y él acabó siendo el entorno.

Núñez representa el otro extremo en esa polarización que acabó por escribir la historia del fútbol español, pero solo porque Cruyff también ganó ese pulso y aunque para los anales figure que fue el dirigente (uno de tantos que se empeñan en fagocitar a sus clubes y que, por cierto, prefería a Clemente) el que despidió al técnico. Y en realidad, como ahora, siempre es Johan Cruyff el que tiene la última palabra.