Reportaje | Muchos habitantes de países asiáticos, africanos y sudamericanos se las han tenido que ingeniar para seguir el Mundial
18 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.El entusiasmo futbolístico es al menos tan grande como el de los alemanes y los brasileños, pero miles de personas en países en vías de desarrollo viven el Mundial como una carrera de obstáculos. En amplias regiones del mundo árabe, los partidos sólo se pueden ver con caros decodificadores. En muchos estados de África, los cortes en el suministro eléctrico perjudican la visualización de los encuentros. Y millones de aficionados, directamente, no tienen forma de ver ningún partido. En Uganda, donde la electricidad se está racionando como consecuencia de la sequía, el gobierno llamó a la población a apagar todas las luces y los frigoríficos durante los encuentros para que haya suficiente electricidad para mantener encendidos los televisores. En la vecina Kenia hacen negocio los fabricantes de generadores. En la capital de Somalia, Mogadiscio, en cambio, los extremistas musulmanes cortan la electricidad a propósito durante los partidos, porque consideran que la televisión es un pecado. En el Cercano Oriente y el norte de África, la cadena de televisión de pago Arab Radio and Television (ART) adquirió los derechos exclusivos de los partidos del Mundial. Quien quiera ver el fútbol y las imágenes procedentes de Alemania, debe comprar un caro decodificador, cuyo precio en muchos casos equivale a un salario mensual. En Egipto, el diario Al Ahrar se burló de las necesidades de los aficionados. Una caricatura muestra a un egipcio sentado en el diván del psicólogo: «Cada vez que me acuesto a dormir, sueño con el Mundial, pero el sueño también está codificado». Los hinchas marroquíes ven los partidos en un café o a través de una antena satelital en la televisión alemana o española. Para mitigar un poco el enfado de los aficionados, en varios países intervinieron incluso altas esferas del estado ayudando a financiar pantallas o decodificadores. También curioso resulta que en el paraje argentino de Prahuaniyeu, en la Patagonia, unos 400 kilómetros al este de la ciudad de Bariloche y donde sólo viven 62 familias, el Mundial supuso la llegada de la televisión.