Los pioneros de plata

Mariluz Ferreiro REDACCIÓN

DEPORTES

KOPA

Las primeras medallas olímpicas para Galicia

01 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

Los gallegos Luis Otero y Moncho Gil jugaron en la selección española de fútbol de Sabino, Belauste y Zamora, que logró el subcampeonato en los Juegos de Amberes, en 1920. En 1920 todavía no había nacido la llama olímpica. Pero dos gallegos ya habían estado en el podio de unos Juegos. Luis Otero y Moncho Gil ganaron la plata con la selección española de fútbol en Amberes. Ellos fueron los pioneros, el comienzo de una cadena que puede tener continuidad en Atenas 2004 con otros protagonistas. Gil militó en el Vigo Sporting. Otero comenzó en el mismo conjunto, pero cuando se produjo la fusión de este equipo con el Fortuna, de la que nació el Celta, se marchó al Deportivo. Fue el caso Luis Figo de los años veinte. Los dos futbolistas formaron parte de aquel combinado al que la prensa italiana bautizó como la furia roja . Aquel equipo, que llegaba como presumible comparsa a la cita olímpica, acabó forjando un mito que todavía perdura: Zamora en la portería y el capitán Belauste, al grito de «A mí, Sabino, el pelotón, que los arrollo», antes de introducir el balón en la portería sueca y de arrastrar, de paso, a varios jugadores rivales. El combinado español se estrenó frente a Dinamarca, un rival en teoría muy superior en calidad y experiencia, ya que había alcanzado la final de los dos últimos Juegos Olímpicos. Patricio marcó en la segunda parte y el resto lo hizo Zamora, que arrancó los aplausos del público al mantener su meta a cero cuando su equipo estaba con diez jugadores debido a una lesión de Samitier. Después, el cuadro dirigido por Paco Bru cayó ante Bélgica, la anfitriona, por 3-1. Pero logró sorprender de nuevo al vencer a Suecia (2-1) y a Italia (2-0) en dos encuentros sin tregua de los que nació la furia española . El subcampeonato llegó después, con la renuncia de Checoslovaquia y una victoria sobre Holanda (3-1). Pichichi logró uno de los tantos ante los tulipanes al rematar una falta ejecutada por Moncho Gil. Y así fue como España se bautizó en su primera competición futbolística internacional con un baño de plata. Pilar Gil Curbera, hija de Moncho, guarda esa medalla en su domicilio, en Vigo. «Él no le daba excesiva importancia a su participación en la Olimpiada, sólo contaba alguna anécdota cuando repasaba sus fotos de aquellos años», asegura. Los descendientes de Luis Otero extraviaron la medalla en una mudanza, aunque José Luis, su nieto, tiene esperanza de que ése trozo de historia del olimpismo gallego esté por algún rincón de la casa. Él sí conserva un retrato de su abuelo vestido con el uniforme de la selección. Pero después de más de ochenta años, hay recuerdos que, inevitablemente, se los lleva el tiempo. «Perdimos unas cartas que le escribió a su padre desde Bélgica. Se destruyeron cuando éste murió y es una pena porque ahí contaba en primera persona sus vivencias en los Juegos», se lamenta Pilar Gil. Quizás en esa correspondencia se hablara de los humildes comienzos de la concentración de la expedición española, que se alojó al principio en una especie de barracones cedidos por el ejército belga tras viajar en tren (se dice que no precisamente en primera clase) a Amberes. La mezcla del fútbol con escenarios castrenses fue algo habitual en la vida de Moncho Gil, que cuando hacía la mili se había proclamado Campeón de España Militar, torneo en el que empezó como defensa y del que salió un gran extremo. Finalmente los jugadores recibieron una asignación para que ellos mismos escogieran de forma individual un hotel o una pensión. Gajes del futbolista aficionado. Isidoro Castillo siempre se refiere al jugador como don Luis Otero. Amigo de su familia, guarda en una carpeta recortes de prensa de los años veinte que desgranan las virtudes de Otero y retiene en su cabeza los recuerdos sobre el futbolista, el padre del que fue su mejor amigo. Él habla de la amistad del jugador blanquiazul con el mítico Zamora. El portero sentía gran cariño por el gallego, del que decía que tenía porte aristocrático y manos de pianista. En La Voz de Galicia se publicó una entrevista en 1931. La presentación del futbolista, que recoge Carlos Fernández en la Historia del Deportivo, no escatima halagos. «El estilo del olímpico gallego fue la elegancia en su expresión más varonil. Su juego era la suma perfección y su comportamiento en el terreno de juego la corrección personificada. Su cabeza era un pararrayos que recogía todos los balonazos que pretendían vulnerar su meta. Otero escribió, practicando bizarramente el juego, un tratado completo de la obra de defensa», rezaba el texto. «Todos le querían mucho, porque era un caballero», añade Isidoro. «Una vez, un periodista le hizo una entrevista y, al acabar, le dijo: 'Ahora ya sé por qué le llaman don Luis'», explica. Después abandonó el fútbol, a pesar de que le tentaron como técnico. «No tengo carácter para ser entrenador, tengo un temperamento especial y no valgo para dirigir ni para imponer la disciplina», aseguró. Él prefirió montar un bar en A Coruña, en la calle Olmos, que solía ser el centro de reunión de los futbolistas que visitaban la ciudad. Y que también fue el refugio de muchos que fueron perseguidos por su ideología política después del 36. Entre sus hijos (4 chicos y una chica), se dieron flirteos más o menos serios con el balompié y con el atletismo. No sucedió lo mismo con los descendientes de Moncho Gil. «Tuvo ocho chicas y dos chicos y ninguno de ellos se quiso dedicar al fútbol», asegura Pilar. Su padre tampoco se sentó en el banquillo. Abandonó el balompié para trabajar en los almacenes de su padre. El fútbol entonces era una afición, no una factoría de millonarios. La única plata que ganaron Gil y Otero fue la olímpica. Ni más ni menos. LUIS OTERO Nació en Pontevedra, 1893 Posición: defensa Falleció en 1955 MONCHO GIL Nació en Vigo, 1897 Posición: extremo Falleció en 1965