Los legionarios del rugby

Pablo Gómez Cundíns
Pablo Gómez REDACCIÓN

DEPORTES

Reportaje | Entrenamientos poco deportivos | Sudáfrica se preparó para el Mundial de Australia concentrándose en un campamento militar y aplicando métodos propios de cuerpos de élite que rozaban la crueldad

18 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

El rugby, con sangre entra. Al menos, eso es lo que piensa (y aplica) la federación sudafricana de este deporte. El presidente Rian Oberholzer es de los que piensa que el ensayo debe ganarse con el sudor de la frente. Por eso, envió a los Springboks (gacelas, como son conocidos los componentes de la selección de rugby de Sudáfrica) a un campamento militar que sirvió de concentración previa a la Copa del Mundo que se está disputando en Australia en la actualidad. Aparentemente, la decisión no tendría la mayor relevancia (alguna otra selección hizo lo mismo), pero la eliminación del Mundial a manos de Nueva Zelanda en los cuartos de final levantó ampollas. Tantas, como las derivadas de los métodos que ahora salieron a la luz y que son propios de cuerpos militares de élite. El Campamento del Alambre de Acero, en Thabazimbi, fue el escenario elegido para que, durante tres días, el comandante Adriaan Heijins del ejército sudafricano y algunos miembros del cuerpo de intervención rápida de la policía, se empleasen a fondo con los deportistas. Según se explica en varias publicaciones sudafricanas, el Sunday Times y el diario Cape Argus, los rugbiers fueron obligados a realizar ejercicios como correr desnudos y gatear sobre una gravera. Además, durante la noche, los seleccionados tuvieron que entrenarse cargando con postes, ruedas y sacos en los que figuraban las banderas de Inglaterra y Nueva Zelanda (a la postre, verdugo), dos de los rivales directos de los Springboks en su lucha por el campeonato mundial. Sólo los jugadores que aprobaban los ejercicios podían comer a la mañana siguiente. Para completar otras de las tareas asignadas, los jugadores debían arrojarse desnudos a las frías aguas de un lago e inflar un balón de rugby mediante una bomba que permanecía sumergida. En caso de no satisfacer a los preparadores, los internacionales deberían repetir la tarea. El histrionismo alcanzaba algunas asignaciones, como la que proporcionaba un pollo, un huevo y una cerilla a cada jugador, «para que se las arreglara por sí mismo». Los hechos no fueron desmentidos por los componentes de la expedición sudafricana, ni tan siquiera por su entrenador, Rudolf Straeuli, que se limitó a calificar de «absurdas» las informaciones que indicaban que se apuntaba con pistolas a los jugadores para obligarles a realizar los ejercicios. El capitán Corne Krige admitió que hubo ciertas partes del campamento que no volvería a incluir, aunque admitió que la mayoría «estuvieron bien». «El campamento me ayudó como persona y como jugador, pero algunas cosas fueron penosas», dijo Lawrence Semphaka. Sudáfrica (que, para mayor inri, basa su juego en la fuerza física más que en la inteligencia táctica) no fue la única selección que se concentró en un campamento militar. Argentina lo hizo en marzo en la base naval de Puerto Belgrano. La indumentaria militar de los Pumas generó una fuerte polémica en unos tiempos prebélicos. Ambas federaciones justificaron estas concentraciones considerándolas la mejor forma de potenciar el liderazgo, la capacidad intelectual ante los escollos, el trabajo en equipo y la agresividad controlada. Sin embargo, el especialista en psicología deportiva Ken Jennings señaló que este tipo de métodos ahogan la creatividad personal y están sostenidos por el factor miedo.