En la cresta... del fútbol

DEPORTES

20 jun 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Detrás de esa cresta estratégicamente despeinada, de esa barba milimétrica afeitada en mesa de arquitecto y de ese tatuaje oriental de nueva generación se esconde un crack . David Robert Joseph Beckham tiene en su imagen de estrella del pop un arma de doble filo: nutre hasta el hartazgo sus cuentas bancarias y mina sus credenciales de futbolista ante los aficionados de corte integrista. Pero el marido de Victoria Adams es un ídolo de masas que sabe jugar al fútbol. Para algunos seguidores minimalistas sería complicado buscar razones extrafutbolísticas para querer a Beckham más allá del puro cuelgue estético de adolescente. Para ellos, el siete del Manchester es un futbolista engrandecido por sus excentricidades de estrella y limitado al extraordinario toque de su derecha. ¿Limitado? ¿Acaso por no emular a un hombre del Renacimiento? ¿O por no ser Maradona? Nadie lo es. Pero el capitán inglés le pega al balón con el mismo efecto hipnótico que se produce cuando Zidane controla el esférico. Aunque utilizar el verbo pegar es convertir injustamente en maltrato su relación con la pelota. Riazor fue testigo de ello en la última Champions. Actualmente nadie demuestra tanta química entre su bota, el balón, el aire y las fórmulas de la gravedad y de rozamiento. Por elló sólo dispone de buen disparo, de centros mortíferos y de un don especial para jugadas a balón parado. Y la crítica actual se remite al ¿Beckham no ha aparecido en este Mundial¿. Difícil brillar durante noventa minutos en un equipo consagrado a la resistencia cuando todavía se recupera de la famosa lesión por la que crucificaron a Duscher. Pero su teóricamente escasa aportación se antoja vital para Inglaterra. Destellos que no destinados a la galería y de los que nacieron algunos de los más valiosos goles de su selección. Gascoigne fue el chico malo, Owen será el niño bonito, pero David Beckham, a sus 27 años, es la estrella de Inglaterra. Alguien que resistió el linchamiento de la temible prensa amarilla británica tras su expulsión ante Argentina en el Mundial del 98. Que en el 99 vivió el milagro de la remontada del Manchester en la final de la Champions ante el Bayern. Que resucitó para su país en el 2001 al enviar a su selección a Corea con un gran gol ante Grecia. Y que se erige como justiciero nacional al vencer a la albiceleste al transformar un penalti. Puro espectáculo dentro y fuera del campo de la mano del Spielberg del fútbol. Palomitas no aptas para puristas.