Jarrett, genio de la improvisación

Editan en castellano la biografía escrita por Wolfgang Sandner que acerca al aficionado la esquiva personalidad del pianista


Redacción / La Voz

Desde que en 1966 apareció en una grabación en directo de Art Blakey y sus Jazz Messengers en el mítico club californiano The Lighthouse Café -Buttercorn Lady-, Keith Jarrett (Allentown, Pensilvania, 1945) se ha convertido en una presencia indispensable para cualquier melómano -es verdad que no faltan los detractores- que exceda la faceta más ortodoxa del jazz. Siendo aún un veinteañero -fue una especie de niño prodigio- consolidó su nombre a su fructífero paso por el jazz rock del cuarteto del saxofonista Charles Lloyd (donde trabó amistad con el baterista Jack DeJohnette) y por la banda eléctrica de Miles Davis.

Pero su gran estilo se hallaba en proceso de formación. Eran los años setenta, el free jazz y la fusión estaban en pleno auge, y Jarrett entregó algunos registros sobresalientes para el mítico productor George Avakian y su sello Atlantic. También dejó su huella en Impulse!, la casa que había crecido a la par que John Coltrane. Lo que fue Coltrane para Impulse! lo supuso Jarrett para ECM (Edition of Contemporary Music), la discográfica de Múnich que fundó el bajista alemán Manfred Eicher. La asociación se inició en 1971, y ya en ese comienzo alumbró el álbum de piano solo Facing You, que en el sosiego del estudio prefiguró la fórmula de éxito más personal de Jarrett, y que identifica su carrera: el concierto en directo en soledad, sentado al piano, reconcentrado, como en trance, dejando escapar un canturreo -con una gestualidad ida que recuerda un poco a Glenn Gould-, y con la improvisación como guía fundamental.

El que inauguró el filón se celebró en el pabellón municipal de Heidelberg en junio de 1972, el primer registro llegó en 1973 en Bremen, y el que explotó de verdad la fórmula, y aún hoy es su trabajo más emblemático, fue el de Colonia, en 1975 (ha vendido, dicen, cerca de cuatro millones de copias de su The Köln Concert). Solo sus tríos con DeJohnette y el contrabajista Gary Peacock logran una relevancia similar.

Muy lejos quedan sus interpretaciones de Bach, al piano o al clavicémbalo; también las de Mozart, Händel, Shostakóvich o Arvo Pärt.

O sus interpretaciones y discos con su potente cuarteto europeo, que integraban el saxofonista Jan Garbarek, el bajista Palle Danielsson y el baterista Jon Christensen.

Jarrett es una figura omnipresente en las últimas seis décadas para los aficionados de la música, y, sin embargo, es también un misterio. Esta incógnita es la que busca desvelar el crítico y productor Wolfgang Sandner en su ensayo Keith Jarrett. Una biografía (2015), que acaba de traer al castellano -en traducción de Richard Gross- la editora Libros del Kultrum, que dirige el inquieto gourmet Julián Viñuales. Sandner trata de responder a aquella pregunta que el provocador Miles Davis planteó al jovencísimo pianista: «So Keith, how does it feel like to be a genius...?» [Keith, ¿qué es lo que siente uno al ser un genio como tú?]. Y es que para muchos sigue siendo el gran genio de la música del último medio siglo.

Pero Jarrett es remiso a explicarse. Cuando en el 2014 ingresó en Nueva York en el exclusivo círculo de los Jazz Masters homenajeados cada año por el Fondo Nacional para las Artes, en su breve discurso de agradecimiento, dijo que la música no podía describirse con palabras, que la música no era otra cosa que música. Y es verdad. Pero también lo es que abrió las puertas de su casa de Oxford (Nueva Jersey) a Sandner, y que, gracias a ello, el crítico ofrece un texto que es todo lo que puede aproximarse esa explicación y que da satisfacción a las muchas ansias de saber.

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