Cincuenta años del Videlba, el colegio innovador de Oleiros que fue por delante

Sandra Faginas Souto
Sandra Faginas A CORUÑA

OLEIROS

Las instalaciones del Videlba en Montrove en el 2003, el año que cerró. Hoy es la sede de la CIG.
Las instalaciones del Videlba en Montrove en el 2003, el año que cerró. Hoy es la sede de la CIG. César Quian

Profesores y alumnos preparan una fiesta en homenaje a un centro que en 1975 era laico, mixto, bilingüe, con comedor y no mandaba deberes

23 feb 2026 . Actualizado a las 11:57 h.

El premio Nobel Albert Camus le escribió una carta a su profesor, Monsieur Germain, poco después de recibir el máximo galardón literario para agradecerle la enseñanza y el ejemplo que había recibido. «Le puedo asegurar —le decía— que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan vivos». Esos corazones generosos han sido también los de Lourdes Acuña, Carmen Tuñas, Carlos García, Quico Teijido, Marga Vidal, Carmen Varela y otros muchos profesores del Videlba que han dejado una profunda huella en miles de alumnos que pasaron por sus aulas desde que el centro abrió en 1975. Aún no había fallecido Franco, pero la metodología innovadora del Videlba iba muy por delante.

«A mí me contrató el fundador, Vicente Bellón, un año antes —relata Carmen Varela—; me encargué incluso de elegir el solar en Montrove, las obras se hicieron rápido y el 5 de octubre del 75 se inauguró con unos fundamentos muy claros: un colegio mixto, laico, bilingüe, con servicio de comedor, en el que pudieran convivir todo tipo de culturas. Fíjate cómo era que en Semana Santa del 76 ya recibimos a los primeros alumnos de intercambio de Estados Unidos. Los párvulos de ese año tuvieron profes nativos de inglés».

Esa filosofía se implantó de tal manera que muchos de los maestros de este centro fueron a cursos en Madrid con Julián Marías y José Luis Pinillos para aprender esa novedosa enseñanza que ha permanecido viva en generaciones. Estudiantes que jamás trataron de usted a su profesor, que no usaron nunca el don o el doña, que no llevaban tareas para casa y que disfrutaron de un aprendizaje que nada tenía que ver con el que se ofrecía en otros colegios, la mayoría religiosos donde los niños y las niñas estaban segregados.

«Los profesores éramos todos muy jóvenes —apunta Carmen Álvarez—, muchos teníamos menos de 25 años y lo veíamos como algo natural, porque nos habían transmitido que formábamos una comunidad educativa en la que importábamos todos por igual: los profesores, los alumnos, los padres, el personal de limpieza, de comedor... Ese espíritu permaneció siempre».

«Fue esa unidad la que nos mantuvo juntos cuando las cosas se pusieron muy difíciles por los problemas económicos del cole, porque lo que nos movía era precisamente ese amor a nuestros niños, a sus familias, siempre han formado parte de nuestra vida», se quiebra Lourdes Acuña, que llegó al colegio a principios de los ochenta con el que entonces era su novio y después fue su marido, Carlos García. «Eu entrei no 79 e aínda non fixera a mili —relata él—, tiña 19 anos, ao volver encargueime, ademais das aulas, de todas as extraescolares deportivas, das acampadas, das excursións, porque esa convivencia era parte da nosa filosofía».

Algunos de los profesores del colegio en la actualidad. Arriba, Carmen Álvarez, Teresa Ferreiro, Lourdes Acuña, Mar Méndez y Eva Moltó. Abajo, Carmen Dequit, Carmen Tuñas, Carlos García, Margarita Vidal y Emilia Dequit
Algunos de los profesores del colegio en la actualidad. Arriba, Carmen Álvarez, Teresa Ferreiro, Lourdes Acuña, Mar Méndez y Eva Moltó. Abajo, Carmen Dequit, Carmen Tuñas, Carlos García, Margarita Vidal y Emilia Dequit EDUARDO PEREZ

Sus clases las recuerda con emoción Paula Pintos, que nació en 1982 y fue alumna desde párvulos hasta 3.º de BUP. «Me siento muy afortunada. Las clases de Carlos representaban el espíritu del cole, un espacio de experimentación en el que enseñaba a través de la experiencia, del juego y de dinámicas entre compañeros. Además, la naturaleza estaba muy presente, teníamos en el aula todo tipo de animales y plantas, pero en primavera, día sí, día también, dábamos clase fuera, aprendíamos al aire libre».

«Fue inigualable, maravilloso»

«Para mí, el Videlba fue inigualable, maravilloso, tuvimos una educación en valores muy disruptiva y gracias a su nivel de inglés me pude mover por el mundo», cuenta Óscar Regal, exalumno del colegio, que nació en el 76 y hoy es director general de Viajes Embajador. «Era una familia, una casa abierta. Recuerdo que durante un tiempo formé un grupo de rock y el cole nos dejaba ensayar, nunca ponían problemas, tal vez por eso cuando acabé 3.º de BUP y me fui al instituto el impacto fue enorme. Ahí me di cuenta de que su modelo no era como el de otros centros», indica Óscar.

Ese modo de enseñar —creen los profesores— ha calado en sus alumnos que, si destacaron por algo, fue por tener una escolarización feliz. «Aprendieron sin distancia, con respeto y en libertad. En el colegio no había castigos y sí una total integración de niños con cualquier discapacidad», señalan estos maestros, que padecieron durante décadas la deuda acumulada del centro, que cerró finalmente en el 2003. «El último día fue horroroso», se lamentan.

Todos perdieron con la desaparición del Videlba, pero ahora esperan poder hacerle el homenaje que se merece por su 50.º aniversario con una fiesta que tendrá lugar la noche del 14 de marzo en el hotel NH Collection Finisterre (la invitación se podrá obtener  en un link de Viajes Embajador, que gestiona el evento). Un reencuentro para celebrar la suerte de quienes cruzaron sus vidas en ese espacio feliz que, paradojas del destino, sigue en pie. El corazón del Videlba nunca será derribado.