La Toja se convierte en escombros

CULLEREDO

Seis excavadoras trabajan desde hace una semana en el derribo de la antigua fábrica de jabones para convertirla en un solar donde se construirá el «outlet» de Culleredo

10 jun 2008 . Actualizado a las 14:19 h.

Desde el exterior parece que todo sigue igual. Un guardia de seguridad vigila el acceso a la fábrica de La Toja, pero los coches ya no pueden llegar al corazón de lo que fue, durante más de 20 años, un rentable centro productivo.

El edificio administrativo todavía sigue en pie. A su lado, dos excavadoras de gran tonelaje derribaban ayer la nave donde se almacenaba el producto final. La línea cosmética de una marca gallega, absorbida por una multinacional, en un mercado globalizado. «Seis meses antes de cerrar llegamos a producir 100 millones de unidades», explicaba un antiguo directivo de esta empresa, que ahora asesora a los nuevos propietarios de la parcela. Conoce estos terrenos como pocos. «Fue muy triste tener que desmontar todo lo que había. Era la niña querida del personal». Lo dice mientras una cizalla corta parte de la estructura metálica del almacén. Le acompaña Alfredo Osorio, de la empresa Riscos, encargado de la seguridad de unas obras que comenzaron hace muy pocos días, cuando el Concello de Culleredo autorizó la demolición de la nave.

La parcela de La Toja ocupa una superficie total de 64.000 metros cuadrados. Está vallada, y se encuentra estratégicamente situada, a pocos metros de la N-550. La fábrica estaba compuesta en realidad por cinco naves, interconectadas entre ellas. El hormigón y el hierro son los materiales más abundantes.

Los primeros trabajos se realizaron con la limpieza de todo el material existente en el interior de las naves. Los operarios tuvieron que desmontar los laboratorios y retirar el mobiliario. Las oficinas todavía se parecen a lo que fueron. Allí se acumulan cientos de expedientes y carpetas en un suelo en el que ya trabajan los operarios. En la planta superior se encontraban los despachos directivos. Hoy son solo huecos en una pared con fecha de caducidad. Todavía se puede ver la vieja barra del local social y del restaurante, en donde comían los trabajadores de La Toja. Quedan todavía carteles, en el suelo e incluso algún jabón de producción gallega entre las pocas vitrinas en su posición. Un frontal de madera recuerda la zona noble del inmueble.

Dos meses

Por otra puerta se llega a los depósitos donde se almacenaba la glicerina, y los cuadros eléctricos, que ocupan un edificio independiente. «Aquí lo único que va a quedar es esto», dice un operario señalando una torre de alta tensión. Y es que las las previsiones iniciales de Fuertepasadena y Neinver, empresas que participan en el nuevo proyecto para levantar un outlet en estos terrenos, se modificaron. Al principio, se consideró respetar parte de la antigua estructura de La Toja. Hoy ya no. El objetivo es que no quede nada en pie, en un plazo de dos meses, el tiempo establecido para derribar totalmente el inmueble.

Los restos se acumulan en el solar y se acondicionan para su reciclaje. Las obras se realizan con celeridad, porque comienzan con retraso. Las palas deberían estar funcionando desde el mes de abril, y la demolición se inició en junio. Queda un largo camino por delante.