Defensa sentimental del odiado plumero


Arde Oleiros para acabar con el denostado plumacho, la hierba invasora llegada de la Pampa que inunda cunetas, fincas, leiras, parques y jardines. No es la invasión de las vainas alienígenas, que se iban apoderando de las mentes de los pueblerinos a medida que se quedaban dormidos, pero casi, porque la alarma desatada no se recuerda desde la toma del embalse de Cecebre por una tribu de aguerridos cangrejos americanos que bailaban en la orilla al ritmo de aquella fiesta jolgorio del anuncio de Estrella.

PLUMACHOS EN EL APARCAMIENTO DE LA MAESTRANZA ZONA VALLADA
PLUMACHOS EN EL APARCAMIENTO DE LA MAESTRANZA ZONA VALLADA

A mí esta furia desbocada contra la planta me escama un poco, porque en el fondo soy un sentimental y recuerdo muchos viajes a Santiago en el legendario Castromil en los que la hierba de la Pampa de la mediana de la autopista era mi única compañía femenina. Será también porque soy de 1971 y estas cañas tienen un aire muy setentero, como de discoteca trasnochada o de peli de Antonioni. Me imagino estos plumeros metidos en un jarrón adornando el picadero londinense de James Bond, aunque luego, en la vida real, los veo asomar por los solares vallados de la Maestranza, donde los okupas, y bajando hasta el mar por las laderas industriales del polígono de Sabón.

Pero supongo que todo esto no son más que excusas, porque lo me gusta de la hierba de la Pampa es que viene de Argentina. Y después de tantos años haciendo el recorrido inverso, de Galicia a Buenos Aires, resulta fascinante que tenga que ser una planta la que haga el viaje de regreso, después de miles y miles de viajes solo de ida. Porque en el fondo, lo de Galicia y Argentina, lo de A Coruña y Buenos Aires, son viajes de ida y vuelta que nunca se acaban, porque nunca paramos de exiliarnos y de emigrar en una y otra dirección. Y ahora le ha tocado venir a una humilde especie con muy mala fama, aunque quien emigra siempre suele ser humilde y, en todas las épocas, acostumbra a tener mala fama justo por eso, por ser humilde y por venir de muy lejos.

Los plumeros aún no han llegado al descampado que hay en Calvo Sotelo -solo hay malas hierbas del país-, pero sería hermoso, porque allí al lado, en la Torre Coruña, vivió Luis Seoane. Y Seoane era un coruñés nacido en Buenos Aires, hijo de la emigración, que volvió luego a Galicia. Y que tuvo que regresar a Argentina, esta vez ya como exiliado, en 1936. Cuando, mucho tiempo después, pudo pisar de nuevo Galicia, decidió vivir en Buenos Aires los años pares y en A Coruña los impares. Y aquí le sorprendió la muerte, dibujando, en 1979.

Por eso, por Luis Seoane y por tantos caminos solo de ida a lo largo del Atlántico, aunque los ecologistas me fusilen al amanecer, todavía sonrío al ver la hierba de la Pampa en las calles de A Coruña.

 

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