La matanza de los marcianitos

En las trincheras de salones recreativos como Wall Street o Estrella Park toda una generación defendió la Tierra de la invasión alienígena

Después de fundirnos durante años la paga en las máquinas de Linares Rivas, la avenida acabó convertida en escenario de un videojuego.
Después de fundirnos durante años la paga en las máquinas de Linares Rivas, la avenida acabó convertida en escenario de un videojuego.

En los primeros ochenta, cuando las niñas iban de Amarras y al hijo de Summers le dio por cantar, teníamos una misión: salvar la Tierra de la invasión alienígena. Todos los bares, e incluso las cafeterías de sándwich mixto con cuchillo y tenedor, tenían su máquina de marcianitos, que no era exactamente de bolsillo, sino un enorme armario metálico, atiborrado de cables y cacharros informáticos, que los fabricantes ilustraban con dibujos muy chillones, muy de póster de cuarto de la pubertad rebotada.

Como la tecnología aún no nos había agarrado por las gónadas, hasta los videojuegos tenían su punto analógico y una larga partida de pinball o Space Invaders no dejaba de ser un acto físico, adrenalínico y sudoroso, como ese otro deporte al que aludía Gerald Durrell (Mi familia y otros animales) cuando los taxistas se ponían ya muy pelmas con el fútbol o el rugbi:

-El único juego de pelotas que me interesa es el sexo.

Aunque las señoras del tinte casi punki (por violeta) del Manhattan no se enteraban, en realidad el adolescente salido que no paraba de meter monedas, una tras otra, en la ranura del Asteroids o el Defender tenía claro que aquel arrimarse a la máquina era lo más parecido a hacer el amor que iba a catar en mucho tiempo (por no hablar de las connotaciones freudianas y onanistas del joystick).

Pero el flíper del bareto o el Invaders de la cafetería señoritinga eran solo soluciones de emergencia, para ir tirando y poco más, porque el yonqui del videojuego donde habitaba entonces, 1983 o así, era en los salones recreativos. Jugábamos en lugares como Wall Street, que se llamaba así porque estaba en Durán Loriga y en la esquina se levantaba el Banco Pastor, con su arquitectura de Chicago, y en la misma calle había una extraña concentración parcelaria de sucursales. En la Estrella estaba el Estrella Park, donde había una máquina para jugar a la fórmula 1 que reproducía un monoplaza casi a escala real. En el Estrella Park también había máquinas del Oeste, que en lugar de joystick tenían un revólver, o incluso un Winchester, para pegar tiros cibernéticos a los bisontes.

Ya no está Wall Street, ni Estrella Park. Solo sigue abierto, en Linares Rivas, Recreativos Río, aunque ahora el negocio está en las apuestas deportivas y las tragaperras, que siguen detrás de la misma cortinilla y el mismo biombo que hace treinta años. Al fondo (la verdad siempre está al fondo) hay un par de billares y de futbolines, y arrinconada, de rodillas de cara a la pared, una de aquellas máquinas que ahora nos parecen brontosaurios: Radikal Bikers, con un manillar a modo de joystick. Ya desenchufada y fuera de combate, huele a resto arqueológico de otra era.

En 1983 se quedaba en la puerta de Río como ahora queda la chavalada a la puerta de Mango, y luego ya se pasaba el quinqui de guardia a recoger su impuesto revolucionario, a darnos el palo antes de que nos gastásemos la paga en los marcianitos. Pero a veces -la vida tiene esos momentos gloriosos- salía el encargado y espantaba a los quinquis solo con el brillo de sus bíceps.

Aquel cachimén encerrado en su cabina era un ser mitológico, un tipo que te daba el cambio robóticamente, sin decir ni mu, y que solo abandonaba su búnker para poner a alguien de patitas en la calle por zarandear el pinball o para abrir la máquina cuando se quedaban atascados los cinco duros o no salía la bola del futbolín. Entonces sacaba aquel legendario llavero de ama de llaves británica que abría todas las máquinas del salón.

Por allí andaba también el chulo de recreativo, que en realidad era el mismo chulo de playa y piscina de toda la vida. El chulo de recreativo se sabía todos los trucos para pasar de pantalla y luego ponía en lo alto del ránking de puntuaciones sus iniciales, o algún sobrenombre sonoro, el Puto Amo o cosas por el estilo.

Los matados huíamos de los juegos que requerían algo de estrategia o destreza manual y nos limitábamos a jugar al Comecocos, que todavía se llamaba PacMan, o al Donkey Kong, por el que pululaba un fontanero llamado Mario. En los recreativos los torpes antológicos (e incluso ontológicos) no ganábamos a nada y perdíamos en seguida el poco dinero que llevábamos, si es que antes no nos había levantado la paga el mangui de la puerta, pero por lo menos aprendimos que ser friki era una vocación como otra cualquiera y que perder el tiempo hasta podía convertirse en un oficio.

Después de tantos años dejándose la paga en las ranuras de las máquinas, A Coruña acabó convirtiéndose en escenario de un videojuego de automovilismo (RFactor) y ahora uno puede lanzarse con su bólido virtual por la avenida de Linares Rivas, justo delante de Recreativos Río.

Los marcianitos, la fórmula uno, el futbolín y hasta el billar eran en el fondo excusas para seguir jugando a algo cuando de pronto nos salió pelo en el sobaco y hubo que aparcar bruscamente el Geiperman y las canicas. Luego, algún día, la pantalla nos escupió en toda la jeta su feroz «Game Over», y ya hubo que dejar también el Space Invaders, y fue la ciudad la que empezó a jugar con nosotros. Y a estas alturas aún no sabemos quién va ganando la partida.

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