Ana gradúa hoy en día la vista a muchos de los que antaño fueron pacientes de su padre, conocido como «el médico de los pobres» en O Barco
23 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Aunque nació en Rois (A Coruña) hace años que Andrés García Buela se ganó el sobrenombre de «el médico de O Barco», en parte por los años que lleva en Valdeorras (más de 60) y en parte porque en su consulta recibieron atención los que podían pagarle y también los que no. «Lo importante para mí era curar a la gente, el dinero ya vendría después», confiesa él. Así es fácil de entender por qué durante una época muchos le llamaron también «el médico de los pobres», según indica su hija Ana.
Todo comenzó allá por el año 49. Tras acabar la carrera, Andrés se fue a Madrid a hacer el doctorado y la especialidad en endocrinología y medicina interna, y en febrero de aquel año sacó la oposición. Había varios destinos posibles, pero el médico vianés Tarsicio Ávila, que conocía a un tío de Andrés, le recomendó la capital valdeorresa. Y aquí se vino. Llegó en tren y cuando bajó por la calle en la que después tuvo su consulta y todavía vive, la de la Estación, «me quedé muy triste, cuando vi que era de barro, y con aquellas paredes y tejados de pizarra...», recuerda. Tanto que estuvo a punto de irse de nuevo: «Cuando escuché el pitido del tren, pensé en marcharme».
Pero decidió probar y su visión del pueblo fue mejorando. Primero porque encontró buenos amigos (como aquellos con los que compartía las tertulias en la rebotica o las fiestas en el casino) y después porque se enamoró. «Y me salió muy bien; es una mujer muy buena», reconoce con devoción. Aquí nacieron también sus tres hijos: Andrés, que desde pequeño sintió atracción por la profesión de su padre, aunque se decantó por la rama de la psiquiatría infantil; María del Carmen, que estudió magisterio y trabaja en el laboratorio del hospital de O Barco; y Ana, que se decantó por la óptica.
Ella también viste bata blanca en su día a día, «porque es cómodo para guardar los bolígrafos», dice entre risas que comparte con su padre, para después reconocer que nunca sintió una vocación tan grande como la de su progenitor. Lo ejemplifica recordándole «durmiendo vestido, porque no es como ahora, antes eran tres médicos, de guardia 24 horas». Interviene entonces el doctor García para poner una anécdota como ejemplo: «No podía descalzarme, porque era hacerlo, y sonaba el timbre».
El trabajo se incrementó cuando el juez le animó a hacerse forense. «Estudiaba después de cenar, desde las doce de la noche hasta las cinco de la madrugada», rememora. García Buela destaca un momento de su historia profesional: «La epidemia de tifus que afectó a las mujeres del pueblo de Villanueva, y solo a las mujeres porque era por el agua, y los hombres solo bebían vino». Ahora lo recuerda divertido pero en aquel entonces fue «un quebradero de cabeza» que volvió a repetirse con lo del aceite de colza, que también afectó a muchos vecinos del municipio. «Supuso muchos viajes a Madrid hasta que dimos con el origen, que yo sabía que estaba en la salsa», dice. Todavía hoy recuerda a algunos de aquellos pacientes, «porque no se me murió ninguno», aunque muchos todavía arrastran importantes secuelas.
La medicina ha cambiado mucho. «Ahora hay más medios, está más avanzada; pero antes era más humanitaria, como si los enfermos fueran de tu familia», dice. Es por ello que no hacían falta historiales médicos, se conocía el de cada uno, y el de sus familias. Curó a muchos, y a muchos otros les ayudó a morir: «Porque cuando no puedas hacer nada, haz el camino al más allá de rosas». Por eso agarró la mano de muchos mientras exhalaban su último aliento.