Reportaje | La vida de las Siervas de María, ministras de los enfermos Crisis de vocaciones. De donde antes salían 30 monjas a cuidar enfermos, ahora salen seis. El convento de Ciudad Jardín ha tenido que hacer hueco a su propio hospital
01 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.?or Rita mueve sus 81 años -«y 37 atendiendo la puerta», aclara- hacia el teléfono. Quiere avisar a la madre superiora de que tiene visita. El eco devuelve el timbre que suena en otra sala del inmenso convento. Contesta sor Guadalupe y el eco vuelve a traer su voz hasta la puerta de entrada. La casa de las Siervas de María está prácticamente vacía. «En los buenos tiempos salíamos cada noche más de treinta hermanas a atender a los enfermos. Hoy sólo pueden hacerlo seis. Las demás son demasiado mayores y muchas están enfermas», cuentan desde el convento. La crisis de vocaciones también les ha tocado. La última novicia de A Coruña, Laura, ingresó hace cuatro años. «Ahora ya sólo hay un noviciado en Madrid, para atender a las nuevas de toda España. Antes había uno casi en cada casa y nos juntábamos en total más de cien. Este año a Madrid han ido sólo 14», explica la superiora. Ella tiene su propia teoría: «Es el descenso de la natalidad y el ritmo de vida tan materialista de hoy. Hasta en los conventos se nota más crispación y el estrés». Sor Consuelo es más ácida. «Es que todo cuesta, y vocaciones tiene que haber porque el Señor nos habla constantemente, pero es más fácil no escuchar la llamada», dice. Lo hace sin reproches. «Aquí está la felicidad de verdad. A nosotras, que nos quiten lo bailao», bromea. Cerrojo en Pontevedra La falta de hermanas obligó al cierre de la casa de la orden en Pontevedra. Sus inquilinas serán trasladadas a A Coruña, donde la congregación trabaja desde 1883 (primero en María Pita, después en la calle Príncipe, posteriormente en Teresa Herrera y desde 1933 en Ciudad Jardín). «Pero llegarán más enfermas», lamenta sor Rita. Le apoya en sus explicaciones la hermana Rosa -una de las cuatro que atiende por las noches a los pacientes del Hospital Modelo- cuando cuenta por qué decidieron montar su propia enfermería en el convento. «¿Quién merece más nuestras atenciones que las que lo han dado todo por los demás? A mí ahora sólo me queda una preocupación y es pensar 'Dios mío, ¿y quién cuidará de nosotras?'», explica. Son las ministras de los enfermos: a las seis hermanas que salen cada noche hay que sumar las tres encargadas del hospital del convento. Dos de día y una de noche. «Ya lo dijeron desde la provincial: ahora, cuidaos unas a otras», explica sor Guadalupe. Su vida, la de la madre superiora, está llena de recuerdos. Habla de una mujer que vivía en la calle Rey Abdullah y que murió joven, en los 70, dejando varios hijos pequeños. Y del padre de Eduardo Chillida, con el que comentaba la futura llegada de la televisión. «A veces pienso que si ahora viera que se pueden hacer fotos con teléfonos...», dice. Y también de cuando se cubrieron las gradas de Riazor: «Antes, desde el tercer piso, podíamos ver a todos los jugadores dando patadas». No viven ajenas al paso del tiempo. «Pero no tan rápido y con tanta violencia», se apresuran a matizar, y cuentan que en los últimos años tuvieron que cubrir sus puertas con cristales antibalas e instalar alarmas para ahuyentar «a los gamberros». «Es que cada noche nos rompían los cristales, y no había dinero para reponerlos», explica sor Rita mientras cierra la puerta. La visita ha concluido. La congregación está contenta de haber mostrado su convento y su forma de vida: «Que salgan cosas buenas en los periódicos de vez en cuando también está bien».