Mi aldea del alma | Las pieles de altramuces

Ramón Romar

ARTEIXO

ANA GARCIA

Penúltima entrega de la sección promovida por Ramón Romar

20 jun 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Comento en mis artículos las penurias en que vivíamos en mi niñez, pero hay que reconocer que a pesar de todo vivíamos mejor que lo que se cuenta en el libro El Conde Lucanor, sobre dos hombres que habían sido ricos. Uno se quedó tan pobre que solo tenía una escudilla de altramuces, que eran amargos y sabían muy mal, y cuando echó la vista atrás vio que el otro, que le seguía, estaba comiendo las pieles que él tiraba. Nosotros, al menos, teníamos caldo y broa.

Comentaré tres casos de las humildes gentes que pasaban por Fornelos. No venían a recoger nuestras pieles de altramuces, pero quizá pasaban más necesidades que nosotros.

Os caraleiros. Caroleiros o piñeiros, era la gente que subía a los pinos para recoger las piñas. Cierto día llegaron a Fornelos 4 o 5 procedentes de Luoreda (Arteixo), y se alojaron en nuestra casa, que era una especie de albergue para todo pobre que pasaba por la puerta. Nunca supe por qué mis padres acogían esta gente. No eran bien recibidos por algunos vecinos, y no era por lo que pagaban. Quizá fuera por caridad, como hacían con los pobres.

Traían unas panochas muy grandes, hechas de harina de maíz y centeno, para los ocho o diez días que permanecían fuera de casa, y dormían sobre paja en un cobertizo. En la cena se les proporcionaba una taza de caldo. El resto de las comidas las hacían solo con el pan, tocino y creo que cebollas crudas.

Sus herramientas eran unos ganchos que acoplaban al zueco, una especie de martillo de madera, con un mango de unos dos metros y unos sacos. Acoplados los ganchos, trepaban por los pinos con mucha soltura, y con el «martillo» golpeaban o empujaban las piñas. Luego las recogían entre los tojos. Como guantes, las manos llenas de resina. En medio de la faena podía llegar el dueño de la finca y echarlos. Se justificaban diciendo que desangraban los pinos; no sé qué habría de cierto. Con la carga a cuestas caminaban hasta la carretera, donde las contaban y amontonaban. Si llegaban mojados a casa se secaban al fuego en la lareira, pero no se cambiaban. No había recambio.

Los traía un camionero, y a los ocho días volvía a buscarlos. Si llovía mucho o no se les daba bien el trabajo tenían que ir a Baio a pedir prórroga, y racionar el pan que les quedaba. Una vez cargadas las piñas, eran llevadas A Coruña, al Campo da Leña, donde se vendían para plantar fuego en las cocinas de hierro o cocinas bilbaínas.

Os pescos de Laxe. Esta gente salía de Laxe al amanecer, a vender el pescado por las aldeas. El que tenía burro le ponía las alforjas, unos cajones de madera, que podían ser las cajas que habían contenido botellas de coñac. Se desplazaban a más de 30 kilómetros, y tenían que vender todo en el día. Al no llevar hielo el pescado se estropeaba, y si no encontraban a quién vender, se lo regalaban al mejor cliente.

De regreso a Laxe, «o pesco» montaba en el burro y, si tenía tiempo pasaba por los caminos recogiendo leña. Si veían un pino delgado y seco, lo talaban, lo troceaban y lo cargaban en las alforjas. Los talaban a la altura de un metro, cosa que los labradores no soportaban, decían que lo hacían por holgazanes, por no agacharse. Quiero pensar que era para terminar antes, y porque las herramientas eran muy sencillas, a veces una simple hoz. Fuera por lo que fuera, si los veían u oían los golpes, todo vecino iba echar al «pesco» fuera de la finca, y hacerle descargar sus alforjas.

Castañas balocas. Castañas de tierra se llamaba a las patatas, igual que los franceses las llaman manzanas de tierra. Y patatas «balocas» son las que se quedan en la tierra sin recoger. En el mes de marzo, cuando empiezan a germinar, venían jóvenes de Corme con una especie de espátula grande de hierro, la clavaban en la tierra y levantaban la patata. Estos jóvenes también podían ser echados de la finca, pero lo más triste era el producto que cargaban sobre sus espaldas y llevaban a sus casas. Su sabor tenía que ser más amargo que los altramuces.