Amistad al pie del castillo de Andrade

Uxía, estudiante de Turismo y guía en la fortaleza este verano, y Juan, uno de los pocos vecinos, de 89 años, comparten mesa y conversación a diario


Pontedeume

La amistad no sabe de generaciones. Uxía Guerreiro (Valdoviño, 23 años) cursó el ciclo superior de Guía, Información y Asistencias Turísticas en el CIPF Rodolfo Ucha Piñeiro, en Ferrol, y ahora estudia el grado de Turismo en el campus universitario de Ourense. Este año, la empresa con la que suele trabajar como azafata le ofreció la vacante del castillo de Andrade, en Pontedeume, y desde el 13 de julio guía y narra la historia de la fortaleza a los visitantes. Su madre le prepara el almuerzo y ella sale de casa con el táper cada mañana y come junto a la caseta del patio de armas, en una silla de playa.

En realidad, esto solo ocurrió los primeros días, hasta que Juan Allegue, vecino de Andrade de 89 años (en noviembre cumplirá 90), se dio cuenta y le dijo que podía comer en su patio, a la sombra de los castaños. «Al llegar ya me abrió la puerta de su casa», cuenta Uxía, muy agradecida. Del patio pasó a la cocina, y cuando Juan, viudo desde hace siete meses y sin hijos, recibe la visita de alguno de sus sobrinos, Uxía comparte mesa y menú con ellos. «Me tratan como si fuera de la familia», dice, encantada de haber conocido a este taxista jubilado, «un sol».

Juan nació en 1930 en Cabría, en la parroquia eumesa de Ombre, donde vivió hasta los 25 años. «Casei e vinme para a casa da señora, María del Carmen Espiñeira, aquí ao pé do castelo», recuerda. En esta vivienda custodiaron durante años la llave de la fortaleza, a propuesta del entonces marido de la duquesa de Alba. «Viñera co arquitecto eumés Antonio Tenreiro, que fixera unha reparación no castelo, e falara con meu sogro», explica. Hasta que alguien se encaprichó de la pesada y seguramente valiosa llave de hierro y no la devolvió.

«No 50 fun á mili, de camillero no Hospital de Marina de Ferrol, un sitio bo», repasa Juan do Castelo, como es conocido en Pontedeume. Allí trabajó durante más de 27 años como taxista, desde finales de la década de los 60 hasta la jubilación. «Tiven un 1500, dous R12, un 505 e un Mercedes, co que ando agora», comenta. Pasó muchas horas al volante del coche, que sigue manejando a diario, y antes también en la moto que le compró su suegro, «que se dedicaba a poñer gando a familias humildes [les dejaba vacas y cuando se vendían los terneros recibía una parte] e tamén era un pequeno prestamista». En aquella NSU «preciosa» llevaba al padre de su mujer a las ferias.

El taxista jubilado

En los tiempos del taxi, en la parada eran 22. «Cadrou na época da movida e entre as catro e as seis da mañá estaba a parada chea, e despois xa había que carretar aos mariñeiros, non paraba o coche para nada. Teño feito moitos quilómetros, ata Limodre, Mugardos, Ferrol, A Coruña, Santiago, Vigo, Ribeira, Santander... Coñecín moita xente e fixen amigos a tope, cando vendín a licenza saín amigo de todos, e os clientes querían que despois de xubilado fixera algunha viaxe, pero retireime, e retireime», evoca.

Con uno de aquellos viejos amigos taxistas pasea cada mañana por Pontedeume, después toman café, «no bar Tino's ou no Guillermo», y vuelve a casa para preparar la comida, echar la siesta y cuidar la huerta. «Cando andaba no taxi xa tiñamos vacas e terreo [...]. Agora planto pementos morróns e dos pequenos, coliflor, brócoli, patacas, leitugas, acelgas, xudías... E tamén coido das galiñas e do can». Juan no se aburre. Cuando vio a Uxía comer sola, «e co calor que facía», no dudó en invitarla a su casa, «que é de pedra, fresquiña». Su compañera de trabajo en el castillo también ha seguido sus pasos.

«Esta sempre foi unha casa moi hospitalaria. Cando restauraron a casa de turismo rural [en la finca del castillo], ía un matrimonio e comían frío, chovendo; díxenlle á miña señora, que era moi boa, ‘era mellor convidalos a comer con nós'». La historia volvió a repetirse con dos operarios forestales de origen rumano. «Dábanme pena, podiamos, e tamén viñeron comer con nós».

Uxía está deseando que den las dos para saludar a Juan y conversar un rato. En el castillo el verano está siendo ajetreado: «Pensaba que vendría poca gente, pero estamos entre 140 y 150 personas al día, este verano se puso de moda, no me da tiempo a aburrirme. Solo queda la torre defensiva y pueden subir, las vistas son increíbles. La mayoría se sacan la foto, les da igual la historia del castillo [risas]». «Foi un ano de moita xente -apuntala Juan, que ve pasar a todo el mundo-, invaden o castelo [risas]».

Uxía quiere darle las gracias a la concejala de Turismo por la rehabilitación del castillo, «porque ahora todo el mundo tiene la oportunidad de visitarlo y saber más de la historia de los Andrade». Pero si algo perdurará del verano de 2020, por encima del covid-19, es la amistad con Juan. «É coma unha neta, é moi maja, a ver se se recorda deste vello, e a ver se volve o verán que vén...».

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