El clan de las agujas

La ría de O Burgo acoge este invierno un grupo de agujas colinegras


Cada vez que me detengo a observarlas, tengo la impresión de estar ante una cuadrilla de inspectores de fango. Su tarea de análisis y supervisión de la calidad de los fondos del estuario consiste en verificar paso a paso su consistencia y, sobre todo, la existencia en ellos de señales de vida. Para ello se sirven de sus largos picos en forma de aguja, con los que son capaces de realizar muy precisas auditorías a varios centímetros de profundidad. Su profesional tesón, y la acelerada perseverancia con la que trabajan, bien merecen cada poco esos gusanos alargados que van encontrando y que devoran con satisfacción.

Gracias a estas y otras aves, la superficie de lodo de cada bajamar siempre se me muestra como una llanura repleta de vida. De vida pequeña, escurridiza, en forma de multitud de criaturas minúsculas que desde el paseo marítimo no puedo ver, pero que de esta manera confirmo que están ahí.

Solo hay que esperar a que comience a subir la marea para darte cuenta de la cantidad de alimento que esas criaturas suponen para correlimos, archibebes, chorlitos, zarapitos, andarríos, vuelvepiedras. Por supuesto, también para las agujas. Cada una de estas especies, bien se ve por las formas tan diferentes de sus picos, están especializadas en diferentes capturas.

Sube la marea

Ahora es uno de esos momentos. Según el mar va ganando terreno, todas se afanan en apurar sus últimos bocados, antes de acudir a sus dormideros para esperar que, dentro de unas horas, se retire de nuevo. Sus bandadas inquietas orlan la orilla a medida que esta avanza hacia el juncal y el muro del paseo.

Las agujas colinegras, gracias a sus patas largas, pueden seguir comiendo donde a casi todas las otras aves ya no les es posible estar. Ahora sus cabezas desaparecen por completo bajo la superficie, y el agua se agita alrededor de sus cuellos mientras siguen sondeando los fondos.

Pero todo llega a su fin. La marea sigue subiendo y las agujas deciden que el esfuerzo prospector ya no merece la pena. Dedican entonces un rato a acicalarse, y es como si con sus picos hilaran de nuevo la trama de sus plumas. Mientras tanto, algunas charlan.

Su conversación es una hipnótica mezcla de pitidos. A veces, cuando llueve mucho y se empapan los campos de hierba al otro lado del paseo, acuden allí a por lombrices de tierra. Entonces es más fácil escuchar esta curiosa cháchara suya.

Yo solo puedo jugar a imaginar qué se dicen. Acaso, a su manera de agujas, se recuerden unas a otras el lugar donde nacieron, del que llegaron en otoño y al que regresarán en primavera. O, quizás, solo se dediquen a comentar las cualidades organolépticas de lo que van comiendo, en qué zona están los gusanos más ricos... Como quien sabe de los fondos este humedal y de su entorno muchas cosas que los humanos solo podemos intuir.

Llegadas del Norte

Las agujas colinegras tienen sus zonas de cría en Islandia y algunos enclaves de las islas británicas, y desde los Países Bajos hasta Rusia. Invernan sobre todo desde la costa francesa hasta la africana.

Pechos naranjas en primavera

Al llegar la primavera el pecho de los machos adquiere un intenso color castaño rojizo, más intenso en los que crían en Islandia. El de las hembras es más apagado.

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