Ponga un sofá en Linares Rivas

Antía Díaz Leal
Antía Díaz Leal CRÓNICAS

A CORUÑA

Yo tenía un sofá, y juro que no era en África. Tan solo estaba a 500 metros de un nuevo salón. Poca cosa, ¿verdad? Pues no. En esta mudanza, trasladar un sofá sin cambiar de código postal resulta más complicado que traerlo desde las colinas de Ngong.

Porque sí, ha aparecido. Después de muchos «puf» en todas las inmobiliarias de la ciudad, el mirlo blanco de más de dos habitaciones a un precio razonable existía. En esta década que los expertos llaman «del alquiler», los que no somos millenials y seguimos sin comprar parecemos un poco rebeldes sin causa empeñados en no hipotecarnos. Puro vicio, vamos, y ganas de llevar la contraria.

Claro que siempre podemos alegar que es que lo que nos gusta es Linares Rivas y no llegamos. Que dice una web que es la calle más cara de Galicia para comprar piso, que sale la cosa en una media de 826.786 euros. Como las medias las carga el diablo, los agentes inmobiliarios de la ciudad bajan un poco el ritmo y dicen que hay zonas más caras, que este precio no refleja la realidad. Menos mal. Aun así, calculan que el metro cuadrado ronda los 2.500 euros en la zona. La lucha entre los múltiples centros, semicentros y epicentros de la ciudad está servida, mientras los mortales seguimos buscando que nos caiga un piso del cielo o que nos toque el Euromillones. Y lloramos por nuestros sofás perdidos como si fuesen plantaciones en África.

Porque una mudanza es un misterio insondable. Uno nunca sabe cuántas cajas puede llenar con su vida ni cuánto le pueden pedir por movilizar dos años de acumulación de cosas varias de un lado a otro de la calle. Hasta que contratas un traslado por primera vez y todo el mundo te recomienda su propia empresa de confianza. Que puede ser la más eficaz, la más rápida, la más profesional o la más barata. Que sume todas estas virtudes una sola empresa sospecho que no es viable.

Así que te fías de la mejor recomendación, del precio que puedes permitirte y rezas para que la cosa sea sencilla porque al fin y al cabo solo te mueves al otro lado de la plaza. ¿Qué puede pasar? Pero entonces aparece el sofá, empeñado en quedarse en tu piso viejo como Nicole Kidman aferrada a sus hijos en Los otros. La casa es mía, la casa es mía, parece decir mientras los de la mudanza te dan opciones para meterlo en el nuevo edificio por unas escaleras en las que no da el giro, por una ventana que hay que desmontar, por un pasillo en el que libra por 3 centímetros, sin ninguna garantía de que vaya a aposentarse en tu nuevo salón. Ahí sigue, el sofá, como la silla de ruedas de Al final de la escalera, solo en la vieja casa.

Seguro que en Linares Rivas no tienen estos problemas.