La estación intermodal forma parte de esos proyectos históricos de los que los coruñeses llevan décadas oyendo hablar, sin ver por el momento asomar una pala. No se había estrenado el siglo ni el milenio y ya las autoridades de aquel entonces -Manuel Fraga en la Xunta, Francisco Vázquez en el Ayuntamiento- situaban ese nodo de movilidad concentrada como clave del desarrollo socioeconómico de la comarca a punto de transformar el día a día del ciudadano.
Desde entonces, el proyecto ha ido dando vueltas a medida que la crisis iba dilatando plazos y adelgazando presupuestos. Se llegó a hablar de más de 200 millones, luego bajaron a 158, después a 75 y ya hay quien sitúa la factura en torno a 30 para la única ciudad gallega en la que no se ha licitado la dársena que abre la puerta a la intermodalidad.
Las penúltimas previsiones situaban la infraestructura como primordial para el estreno del AVE, prometido para el 2018, pero ni la alta velocidad logrará que la estación llegue a tiempo. El propio Ministerio de Fomento manejaba unos plazos de obra de 39 meses y, si las cosas no se tuercen, este año estarán como mucho los accesos y el proyecto.
A la espera de que las diferencias entre Administraciones no den una vuelta de tuerca más a una obra que transformará toda la zona de San Cristóbal, siete millones de pasajeros siguen transitando entre el tren y el autobús con una avenida de obstáculos en medio que prolonga los desplazamientos y dificulta el éxito del denominado transporte público.