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Jobs es una película esquemática sin una sola secuencia para recordar


Los pocos exégetas que tiene el filme lo han comparado con La red social, una película que por otro lado está sobrevalorada. Pero si la pones frente a Jobs, la crónica del nacimiento de Facebook casi parece una obra maestra. Por otra parte, lo de hablar de las dos cintas en paralelo es un recurso tan fácil y simplón que incluso a dinosaurios como el que escribe -muy alejado del entusiasmo tecnológico- se nos antoja sencillamente grosero.

Con Jobs se podría haber hecho un buen estudio sociológico de las generaciones de las nuevas tecnologías que terminan sin saber cómo comunicarse afectivamente con sus contemporáneos. Pero eso parece mucho pedir.

Jobs arranca con dos comienzos que se pretenden principio y fin de una historia de predestinación. En el primero, ambientado en el 2001, el inventor del iPod presenta, cual enigmático gurú, su minúsculo lector de mil canciones ante un entregado auditorio. En el segundo nos vamos con un flashback hasta 1972, con el protagonista algo perdido en la resaca de la paz y el amor. Ahí, un joven Steve, errático y descalzo, deambulando por el campus, no quiere licenciarse en nada en concreto, solo abrirse al mundo, tomar LSD y viajar a la India. Esas secuencias de flipe y lecciones asiáticas ya nos avisan de lo peor. Es un montaje gratuitamente sincopado -eso sí, maravillosamente fotografiado- que no nos cuenta en realidad absolutamente nada cuando se supone que lo cuenta todo. Y así es todo el filme, esquemático y evanescente a partes iguales, sin una sola secuencia para recordar. Steve Jobs, el hombre que revolucionó la informática, es, o pretende ser, una figura implacable con los mediocres -lo vemos arrancar malas hierbas en su jardín- pero lo que han hecho los autores de la película es precisamente lo contrario.

fin de semana

«JOBS»

EE.UU., 2013.

Director: Joshua Michael Stern.

Intérpretes: Ashton Kutcher, Josh Gad, Dermot Mulroney, Matthew Modine, Lukas Haas, J.K. Simmons.

Drama.

27 minutos.

Entre la hagiografía y la crónica propia de revista rosa, Jobs es una de esas películas que no gustarán a casi nadie. El personaje retratado resulta tan antipático como el actor que lo encarna. Ashton Kutcher flirtea aquí con el puro autismo, sin perder la oportunidad de salpicarnos con arrebatos de loco que, según el manual, deben definir a los genios y a los visionarios. Y del guion nada se salva, tejiendo una serie de lugares comunes sobre el padre creativo de Apple que sabe de memoria cualquiera que lea periódicos.

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