Cuando la ciencia y el campo se dieron la mano en Monelos

Una exposición revisa la historia de la Granja Agrícola Experimental


a coruña / la voz

A las nuevas generaciones seguramente les costará imaginar que el área que hoy en día abarca parte de la segunda fase del polígono de Elviña, la zona de la Milagrosa y Monelos acogió en su día una enorme granja de 16 hectáreas de extensión. Lo hizo durante 76 años, entre 1888 y 1964, y convirtió A Coruña en la capital moderna de la agricultura gallega. También en la principal vía de entrada por el Noroeste de las innovaciones del mundo del campo. Se trata de la Granja Agrícola Experimental, un proyecto seminal que tejió un hilo entre las aulas universitarias y los campos de labranza. Estos días se reivindica en una exposición en la sala municipal de Palexco.

Xosé A. Fraga Vázquez, director de los museos científicos y comisario de la exposición junto a Lourenzo Fernández Prieto, subraya que la institución supuso el «desembarco dos avances científico-técnicas a nosa práctica agrícola». Al contrario de lo que ocurría en países como Inglaterra u Holanda, que entre mediados del siglo XVIII y el XIX habían emprendido su particular revolución agrícola, España en general y Galicia en particular presentaban un notable atraso. Fraga lo explica: «A agricultura galega estaba levada por unha serie de prácticas rutinarias e, pese a algunhas boas intencións, faltaba a incorporación da ciencia e a tecnoloxía. A Granxa Agrícola significou iso».

Su origen se remonta a un concurso del Ministerio de Fomento para la creación de ocho granjas-escuela de experimentación. Tal y como recogía La Voz del 4 enero de 1888, la Diputación de A Coruña convocó una junta «con el objeto de tratar el mejor medio de establecer en La Coruña una granja agrícola». De esa reunión se formó una comisión para estudiar el proyecto. Participaron algunos de los intelectuales más destacados de la época, entre ellos el naturista Víctor López Seoane y el fundador de La Voz de Galicia, Juan Fernández Latorre. Tras hacerse con el concurso, la granja empezó a funcionar en 1897 bajo la dirección de Marceliano Álvarez Muñiz.

Unión de ciudad y campo

La Granja Agrícola Experimental se asentaba en una zona rural, entre los ayuntamientos de A Coruña y Oza, y pegada al núcleo urbano. El ingeniero Gregorio Santolalla, que trabajó allí en los años cincuenta y sesenta, sostiene que todo obedecía a un principio práctico: «Los medios de transporte prácticamente no existían, por lo que tenía que ser cerca de la ciudad. ¿Mezclar a la gente del campo con la de la ciudad? Eso no creo que lo pensase nadie. No había esa diferencia sangrante, la ciudad estaba demasiado cerca del campo, la gente salía y se metía por las leiras. Los campesinos cogían las lechugas y venían a venderlas a la calle».

Monelos apenas tenía 1.000 habitantes y un núcleo de casas rurales organizado alrededor de la iglesia de Santa María. En la granja, que según Santaolalla respondería al esquema de «un cortijo andaluz», destacaba la casa del director y los edificios de fitopatología y otras áreas de investigación. Al lado de todo ello, se extendían las tierras de labranza, los establos y las viviendas de los obreros.

Tomás Martínez, que actualmente tiene 80 años, nació en la granja. «Mi padre era mecánico y tres tíos míos también trabajaron allí», señala: «De todo aquello no hay nada. Era totalmente diferente. Cuando éramos chavales y queríamos ir al centro decíamos ?Voy a Coruña?, no decíamos ?Voy al Cantón?, como se dice hoy en día». Y los trayectos se hacían a pie: «Había tranvía, pero no había cuartos para cogerlo», se ríe.

En la memoria de Martínez se juntan malos y buenos recuerdos. Por un lado, los de la posguerra: «Había hambre, allá por el 42 o así fue terrible y aquí aún menos mal que había algo al ser una granja siempre había algo de lo que tirar». Por otro, los de la diversión juvenil: «De chavales, cuando llegaba el verano, nos bañábamos en el famoso río Monelos y también íbamos al cine de Cuatro Caminos». Nada comparado a la llegada del primera tractor a la granja. En los años cincuenta, supuso todo un acontecimiento. «Aquello era un armatoste impresionante», dice.

Gregorio Santaolalla se acuerda perfectamente del momento. «El día que llegó al tractor a la granja no se trabajó», se ríe. «Estábamos todos alrededor, girando alrededor de él, tocándolo y revisándolo. Todos querían montar en él y probarlo. Durante varios días fue nuestro juguete».

Niños entre animales

A María Dolores de Escauriaza se le dibuja una sonrisa de oreja a oreja cuando piensa en la granja. Ella vivió allí hasta los 26 años. Su padre, Ricardo de Escauriaza, dirigió la institución durante 24 años. «Fueron tiempos felicísimos de una vida preciosa. Mi padre era un gran hombre. Impulsó el cultivo del lúpulo y muchos más».

María Dolores jugaba, entre otros, con Tomás Martínez. «Los hijos de los trabajadores siempre andaban por allí, correteando de un lado a otro». Como él, disfrutó de una infancia rodeada de animales. «Claro, había de todo: vacas, conejos, gallinas,... Lo que más nos gustaba era ver a los pavos reales, que eran preciosos. Como andábamos todo el día por ahí, mi madre nos ponía un mandilón para no manchar los vestidos».

Al casarse, María Dolores dejó la granja. Tomás tampoco siguió trabajando allí. Fueron parte de la última generación de niños que crecieron en ese clima antes de que Lavedra (la actual avenida Alfonso Molina) la cruzase, dividiéndola en dos. «La Diputación tenía ahí un auténtico tesoro», sostiene Santolalla. En 1964 se inauguró un nuevo centro en Guísamo. Y la granja de Monelos empezó a ser un recuerdo sepia. Ese que ahora luce orgulloso en Palexco.

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