«Hay que dejar paso a los jóvenes»

A CORUÑA

Los jubilados se han convertido en uno de los pilares de apoyo de muchos hogares a la hora de compatibilizar la vida laboral y la familiar, sobre todo cuando se hacen cargo de los pequeños de la casa

28 feb 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

La lluvia golpea los cristales del centro social de los Mallos. Fuera hace frío. No es un buen día para caminar. En el salón de lectura José, Nicolás, Antonio o Antoñito y Amador juegan al tute. «É o noso traballo. Porque qué facemos por aí, cando chove, mollámonos», explican a una. La reunión se ha convertido en una tarea puntual. No fichan, pero podrían hacerlo. Para Nicolás lo es ya desde hace dos años, cuando abandonó el mercado laboral para entrar en la amplia relación de jubilados que hay en Galicia. Ahora lo que intenta cada día es no aburrirse. «El aburrimiento es malo», explica.

Los compañeros de juego viven en la zona, un distrito donde la población ha envejecido en tres puntos porcentuales en los últimos ocho años, aunque algunos formaron parte de esa emigración interior que ha ido marcando la evolución de la ciudad. Hay los que, como José, llegaron desde la Ciudad Vieja tras haber pasado por el matrimonio.

El grupo ocupa una mesa, pero hay otras muchas en las que coexisten otros mundos diferentes. En una de ellas está Francisco, que fue uno de los muchos gallegos que un día hicieron las maletas para buscar una vida mejor. Estuvo emigrado en Brasil, Uruguay e Inglaterra. Volvió en 1973, tras haber recorrido realidades totalmente diferentes: las del cono sur americano y las de las islas británicas. «Es lindo haber conocido todo eso», apunta.

Lo único que no hizo, y está arrepentido, es un diario. Porque tiene mucho que contar. Fue autónomo, pero aunque pudo haber extendido la vida laboral más allá de los 65 años, optó por dejarlo, prefirió la jubilación. «Cuando tienes medios, hay que dejar paso a los jóvenes para que trabajen», apunta. Pero ser jubilado, a su juicio, nada tiene que ver con quedar parado o inactivo. Al contrario. «Somos los que sostenemos la casa porque ahora la gente trabaja. Los mayores somos los que limpiamos, hacemos los recados, la comida... Cuando faltemos van a notarlo», apunta.

Porque el ocio no llena el día de los jubilados. Veinticuatro horas son muchas horas. Hay mucho que hacer. En otra mesa también juega la partida Manuel Vázquez Cruz. Pero eso es por la mañana porque por la tarde comienza una particular jornada laboral. «A las cinco empieza la faena», recalca. Es a esa hora cuando sus nietos acaban las clases, cuando va a recogerlos. Con ellos es realmente feliz. «Voy a buscarlos. Van a pasantía, después a entrenar al fútbol; uno queda ahí y llevo a la otra a la calle de La Franja. Terminan, les damos la cena y esperamos a que los padres lleguen, luego ya volvemos casa», explica este vecino de Begonte que lleva en A Coruña ya 52 años.

Los mayores se han convertido en una pieza clave del engranaje social actual. En Galicia, en concreto en A Coruña, donde en la mayor parte de los hogares trabajan las dos partes de la pareja fuera, la figura de los abuelos tiene un gran valor.

La lluvia continúa. Falta ya poco para la hora de comer. Las clases de la mañana en los Mallos terminan. Algunos de los que estaban en las mesas del salón comienzan a marchar. Paraguas en mano avanza Avelino hacia la puerta. Es de un pueblecito del concello de Guitiriz, pero hace años compró un piso en A Coruña, y ahora que está jubilado viene de vez en cuando. «Aquí fai menos frío, uns cinco grados polo menos, e claro, o inverno é mellor», comenta.

Pero la temperatura no es lo único que le seduce de A Coruña. «Alí hai pouco movemento», explica. Aquí, en la ciudad, aunque no tiene compañía, aprovecha para ir algún que otro día al baile. Aunque nunca es igual que en una verbena. Hace diez años que puso fin a la etapa laboral. Tuvo un coche para alquilar, un bar... Ahora, va arreglándose. A mediodía es habitual de los locales de menú del día; por la noche, en cambio, ya se apaña «de outra forma», cuenta.