Dos vecinos de A Coruña abren la puerta de su «hogar» para demostrar que no siempre vivir en un piso es un privilegio
11 sep 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Tener un techo para resguardarse de las inclemencias del tiempo no es necesariamente sinónimo de vivir dignamente. La lluvia, los vientos o incluso el sol pueden alejarse con un tejado, con una estructura que, a veces, enseña sus mejores galas hacia al exterior pero que esconde auténticas miserias entre sus paredes.
Que se lo pregunten, si no, a José, o a una compañera de piso, natural del país africano Malí. Pueden presumir que viven en una casa del centro de A Coruña. Pero muestran su tristeza al contar en qué condiciones lo hacen.
José, de 73 años y de Corrubedo, inverna casi todo el año en su cuarto. Su cansado y delgado cuerpo castigado por cientos de golpes de mar se hunde en una cama cubierta de harapos que hacen, al mismo tiempo, de sábanas y mantas. Un mueble hace de inexistente ropero. Un conejo le sirve de váter. La mesilla de noche se convierte, a veces, en la mesa de comedor. Ya no siente el frío de las sucias baldosas del piso de su estancia.
Espera sin ganas diariamente a que una mujer le traiga un plato de comida que paga con la módica cantidad de un euro, «a veces le doy algo más», cuenta José. Se lava en un destartalado cuarto de baño «de vez en cuando. Cuando tengo ganas y puedo». Su poca ropa se la lava otra señora y forma parte de las grandes montañas que existen en el piso y que forman el vestuario de otros cuatro compañeros .
De sus cuatro hijos sabe más bien poco: «Tienen su trabajo. Andan por fuera. Uno me visita de vez en cuando». Y al fin de mes toca pagar 180 euros de los 600 que tiene de pensión. ¿E irse a una residencia? «Estaría bien, pero ¿a cuál?».
Tres metros cuadrados
Cuarenta difíciles años pesan sobre la mujer de Malí. La libertad y pobreza del desierto africano dio paso a un receptáculo de tres metros cuadrados y a la misma pobreza, pero coruñesa.
Una maltrecha cama, una mesilla, una montaña de ropa y un calentador de agua y mucha basura comparten con ella la estancia. Para comer, «más bien para beber», reconoce la mujer, pide la solidaridad de la gente. Pero no corren buenos tiempos para compartir: «Hago lo que puedo y lo que surja». Y es que 150 euros de alquiler, son muchos euros.