Un periodista de La Voz comprueba que ni el contenido ni el cuidado de sus sedes logran atraer visitantes a las casas de Casares Quiroga, María Pita o Pablo Picasso
23 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Casares Quiroga está solo en su casa de Panaderas, sentado en el jardín, pensativo, con uno de sus zapatos blancos descolorido. Necesita un poco de betún, blanco. Dos pisos más arriba la voz de su hija le sigue contando a Joaquín Soler Serrano sus recuerdos del exilio; luego lee un texto en gallego: «Desde que te fuches miña rula teño cansazo... déixame que hoxe no teu colo durma un soño de pedra». En otra pantalla se proyecta una de las películas que protagonizó la actriz.
La encargada de la puerta, todo afabilidad con el visitante, y dos personas preparando algo en la sala de proyecciones son las únicas que, al mediodía del pasado miércoles, se encontraban en la casa museo Casares Quiroga. Ese vacío, esa soledad, es algo habitual en las visitas a varios centros museísticos de la ciudad como la casa de María Pita, en la Ciudad Vieja, o la de Pablo Picasso, en la calle Payo Gómez.
En la primera planta de la casa museo de Panaderas, «un baixo alugado, polo menos desde que eu nacín, a un boticario que instalou alí o seu negocio», recuerda María Casares en uno de los folletos que allí se distribuyen, hay actualmente una exposición de fotografías de la sociedad de montaña Ártabros que lleva por título Coñece e camiña. 25 anos percorrendo Galicia . Estará abierta hasta próximo día 30 y muestra las visitas de los integrantes de dicha entidad a numerosos lugares y monumentos gallegos.
Viendo la programación de la Concejalía de Cultura, en colaboración con otras entidades, para esta casa museo hasta fin de año todo apunta que las tardes son más dinámicas, puesto que en la misma se están celebrando un buen número de actividades, estos días centradas en el centenario del nacimiento de Jenaro Marinhas del Valle, al que estará dedicada la próxima exposición, cuyo comienzo está fijado para el 2 de diciembre.
Poco antes de la una y media de la tarde, frente a la casa museo de María Pita hay un buen número de personas, pero no aguardan para entrar en el centro, sino que son padres que esperan la salida del colegio de sus criaturas. En la entrada dos trabajadores intercambian datos sobre el funcionamiento de la calefacción del centro, mientras animan a recorrer las cuidadas dependencias. En el último piso, una María Pita de espaldas, pintada por Isaac Díaz Pardo, gira la cabeza como si esperara la llegada del solitario visitante, que a la una y media inicia la salida para no incordiar: los folletos explicativos dicen que a esa hora concluye el horario matinal (10.30-13.30 horas). Sin embargo, el encargado de la puerta matiza que dicho papel está equivocado y señala el horario situado en el cristal exterior en el que aparece como hora de cierre las dos de la tarde. Allí se queda el hombre, solo, esperando que llegue esa hora para cerrar unas dependencias cuya sencilla apariencia externa esconde una interesante documentación sobre la historia de la ciudad y de su principal heroína.
Algo similar ocurre con la casa museo de Picasso, en la calle Payo Gómez, donde la entrada no es tan fácil como en las otras dos, puesto que para visitarlo hay que pedir cita previa en el teléfono municipal 010. Las obras que en estos momentos se están haciendo en la manzana de la que forma parte este edificio tampoco son las mejores perspectivas para este centro.